Author: mordon
El desborde
Esta historia empieza con las notas escritas en un tablero acrílico y un fuerte olor parecido al vinagre. El 15 de marzo de 2019 a las 8:30 am, después de un intercambio de correos electrónicos y llamadas telefónicas durante dos meses, llegué a la puerta de la sala de consulta del Fondo Documental de la Universidad Nacional , en Medellín. Tenía la intención de explorar y conocer el archivo de Fabiola Lalinde.
En Abril de 2016 mientras realizaba otro proyecto, fui en búsqueda del archivo de Fabiola Lalinde. En ese momento, ese archivo hacía parte del repositorio digital de archivos de derechos humanos del Centro Nacional de Memoria Histórica. En la sede de esta institución en Bogotá, recibí las instrucciones para acceder al repositorio de manera virtual y una copia en una memoria USB de algunas de las carpetas del archivo. En ese momento mi motivación para consultar el archivo, era conocer más del contexto político e histórico de la desaparición forzada en Colombia durante los años 70 ‘s y 80’ s. Quería hacerlo desde la perspectiva de Fabiola, y su experiencia personal de búsqueda y encuentro de Luis Fernando Lalinde Lalinde, su hijo desaparecido en 1984. El día que llegué al CNMH a preguntar y pedir acceso al archivo, me recibió una mujer que me hizo una pregunta muy específica después de escucharme hablar de mi proyecto: ¿necesitas acceso a las carpetas de la exhumación del cuerpo de Luis Fernando? Aunque sorprendida por su pregunta, rápidamente le dejé claro con el movimiento de mi cabeza que eso no era lo que me interesaba ni investigar, mucho menos ver.
Luego de revisar algunas carpetas e imágenes del material que me entregaron en Bogotá, me animé a escribirle a Adriana —hija de Fabiola y hermana de Luis Fernando. La respuesta a mi correo electrónico llegó muy pronto. Fue muy generosa y recibió muy bien mis preguntas. Una semana después nos reunimos y nos conocimos por skype con ella y Fabiola, y desde entonces, mantenemos una comunicación regular a distancia.
En 2018, luego de un largo proceso de búsqueda, encuentro, identificación, entrega, justicia y reparación por la desaparición de su hijo, Fabiola Lalinde manifestó el deseo de que su archivo quedara bajo custodia y cuidado de la Universidad Nacional de Colombia en Medellín. Siente que esta institución mantendrá protegido de intereses políticos el archivo, y además de garantizar su acceso público y principalmente, de estudiantes. Tras conocer esta noticia (???), les escribí muy emocionada para manifestarles mi alegría y para decirles que esperaba que todo saliera muy bien. En ese momento debido a complicaciones de salud de Fabiola y a que me encontraba viviendo fuera de Colombia, nuestro contacto fue a través de whatsapp, principalmente con Adriana.
Luego de hablar con ellas, contacté al profesor Óscar Calvo Isaza —director del laboratorio de fuentes históricas de la universidad, contándole de mi doctorado, del proyecto, y le hablé sobre mi interés en hacer una estancia corta de investigación con el archivo. Tras varios intercambios por correo electrónico con la secretaria del laboratorio, me respondieron que para empezar mi estancia en la fecha y en los días que necesitaba, debía recibir la confirmación y el acompañamiento de Adriana Lalinde ya que el archivo aún se encontraba en catalogación y en cuarentena por limpieza. Le escribí a Adriana explicándole lo que estaba pasando y preguntándole si podía contar con su apoyo y su acompañamiento en esta estancia —durante la cual había planeado visitar y trabajar con otras personas en Medellín. Su respuesta fue positiva, y luego de comunicarme de nuevo con el equipo y el profesor Óscar, me confirmaron que podía ir a visitarlos a Medellín.
En 2019, nos reencontramos con Adriana en la sala de consulta del Laboratorio de Fuentes Históricas de la Universidad Nacional de Medellín. Allí, durante una semana, hablamos y nos acompañamos en nuestros trabajos. Ella, revisando negativos y fotografías del archivo para describirlas en fichas. Y yo, por primera vez, viendo, leyendo y tocando el archivo.
Adriana vive en Medellín, donde nació hace sesenta años. Es escultora y desde que la conocí me transmitió todo el amor y agradecimiento que siente por su práctica creativa. En una de nuestras primeras conversaciones le pregunté sobre su trabajo y sobre las cosas que le gustaban, y recuerdo claramente una de las cosas que me respondió: soy artista, aunque nunca he ido a una universidad. Desde mi perspectiva, Adriana es una mujer sensible, amorosa y muy cuidadosa a la hora de compartir ciertos aspectos de su vida. La desaparición forzada de Luis Fernando, su hermano, trajo muchas dificultades y conflictos. Una experiencia que ella ha vívido a través del largo camino acompañando a Fabiola, y donde su vulnerabilidad la ha expuesto a varias violencias y formas de revictimización: discriminación de género, la deslegitimación sobre su experiencia personal y cómo su respuesta a lo que ha vivido está atravesada y determinada por su condición autista (y el capacitismo).
Sobre su práctica artística, es una de las estrategias que encontró para recibir, gestionar, materializar y trascender las diferentes violencias que la han atravesado y que la silenciaron, o como ella lo expresa, lo que me pasó es que cuando ocurrió lo de mi hermano yo me quedé sin palabras, no pude responder. No tenía cómo nombrar lo que me pasaba, y eso me tuvo mal mucho tiempo. Y con el tiempo, entre más se exponía de manera pública, por ejemplo cuando le hacían entrevistas o la buscaban para hablar sobre el caso de su hermano, se sentía muy incómoda al ser tratada y nombrada (aunque no en todas, sí en muchas ocasiones) como la hija de Fabiola y no como Adriana Lalinde. Siente que esta identidad le fue impuesta.
Por muchos años y desde muy joven, Adriana acompañó a Fabiola en muchas de las búsquedas que ha emprendido en su vida: buscar a Luis Fernando, y tras la confirmación de su muerte, encontrar su cuerpo, identificarlo, y la larga espera por justicia (condena de quienes son responsables, reparación económica y simbólica por lo causado). En este complejo camino de más de treinta años, Adriana presenció, participó y acompañó a su familia en la Operación Ciriri, o en otras palabras, las estrategias que Fabiola ideó para buscar, responder, resistir, continuar y compartir todo el conocimiento de la búsqueda de su hijo desaparecido. Y así, con todas las historias y experiencias positivas y negativas, el dolor y los buenos encuentros que trajo la Operación Círici, Fabiola dio forma durante veinticinco años a un extenso archivo material que fue entregado en custodia al Laboratorio de Fuentes Históricas de la Universidad Nacional de Medellín.
Sobre su práctica artística, cómo ha colaborado con otras personas y procesos colectivos
En 1987, Adriana empezó a tomar clases de cerámica en Medellín, en el taller de un artista amigo de su familia. A este lugar llegó animada por Fabiola quien sabía lo mucho que a Adriana le interesaba el arte. En este taller estuvo por dos años, tras los que continuó su práctica artística de manera independiente y profundamente conectada con el proceso de encuentro e identificación de su hermano.
Ocho años después de la desaparición de Luis Fernando, la familia de Adriana recibió noticias del cuerpo de una persona asesinada por el Ejército Nacional que podría ser él. Durante ese período, Adriana tuvo una serie de sueños en los que vio a su hermano, y de los que recuerda una raíz, un árbol y tierra. Ese mismo año con ayuda del ejército y la Fiscalía, ubicaron y exhumaron el cuerpo de Luis Fernando. Estaba enterrado entre las raíces de un árbol en una montaña en Antioquía. En 1996, tras una larga espera para la identificación de su cadáver, la familia recibió la noticia de la confirmación de su identidad y finalmente, la entrega de sus restos óseos. La urna en la que se encuentran los restos de Luis Fernando en Medellín, fue hecha con barro por Adriana, inspirada en las imágenes de árboles y raíces de sus sueños.
En 2002, Adriana fue invitada por la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (AFAVIT) en el Valle del Cauca para modelar 235 osarios en barro con los rostros, cuerpos y las historias de vida de las personas asesinadas y desaparecidas en esta zona entre 1987 y 1994. Este memorial funerario que se encuentra en el Parque Monumento de Trujillo, fue realizado durante dos meses con la colaboración de algunas de las familias de estas personas. Para Adriana, este fue un proceso de muchas capas emocionales. Por un lado, fue una experiencia enriquecedora y colaborativa en la que conoció y compartió con personas afectadas por violencias similares a la suya. Sin embargo, también fue un proceso doloroso y autorreflexivo por su propia naturaleza. Un proyecto artístico que culminó en un memorial funerario construído en un lugar profundamente afectado por la violencia, y que pone en tensión diferentes experiencias: la muerte, la ausencia y la desaparición forzada de personas, a través de la representación de estas personas en vida: cómo eran, qué hacían, qué les gustaba, cómo son recordadas y qué objetos quedan de ellas.
En los últimos años, Adriana ha participado en varios proyectos/procesos con diferentes grupos y organizaciones de personas afectadas por la violencia, como Agroarte en la comuna Trece de Medellín, el Museo de la memoria en Medellín, y con el laboratorio de fuentes históricas de la Universidad Nacional en Medellín, en la catalogación del archivo de su familia.
(re)encuentros en el archivo
El primer día en el archivo empezó temprano. Había pocas personas en la universidad a esa hora de la mañana. Al entrar, lo primero que vi fue un tablero acrílico blanco en el que estaba descrito el trabajo que estaban realizando con el archivo hasta la fecha. Cajas intervenidas, 8. Folios entregados, 8410 desinfectados. Folios en cuarentena, 3500. Biodeterioro (hongos). Valor comercial, sociocultural. Patrimonio. Memoria física, intangible. También había una cantidad escrita: 6 ml, y una palabra que se repetía dos veces entre paréntesis, (hojas).
Esa mañana también conocí a Jose Manuel, historiador y coordinador del laboratorio, y a Margarita, una de las investigadoras practicantes del laboratorio, quien me dio las instrucciones para trabajar con el archivo. Me explicó qué equipos usar y dónde podía sentarme a trabajar. Mientras escuchaba atenta a Margarita, Jose interrumpió nuestra conversación para preguntarme si tenía guantes para consultar el archivo. Yo respondí negando con mi cabeza. Hasta ese momento no solo había sido descuidada con las normas básicas de consulta en un archivo sino que además no había reflexionado sobre las implicaciones de esta oportunidad. Ahora podría tocar las páginas, fotografías y hojas de periódico con mi manos. Sin duda, mi experiencia esos días allí estuvo mediada por mis sentidos; ver, oler y tocar el archivo.
Entre mis olvidos también estuvieron las instrucciones de consulta del archivo, que no leí a tiempo. Después de disculparme por mi descuido, les pregunté dónde podía conseguir unos guantes dentro de la universidad, y fui rápidamente a una de las papelerías cercanas a comprarlos. —Al volver con los guantes de látex, empecé a revisar el catálogo del archivo. Por cada caja que quisiera consultar, debía llenar a mano unos formatos con códigos que correspondían a segmentos del archivo.
Ese día me enteré que estaban realizando un proceso de desinfección del archivo de Fabiola. El motivo de la cuarentena se podía intuir en la nariz. Era un olor muy fuerte a vinagre difícil de ignorar, al menos para mí. Varias veces me distraje pensando en el motivo del olor y en lo que estaría ocurriendo en el archivo. Mientras trabajaba revisando el material una de las cajas con periódicos, el equipo del laboratorio tuvo una reunión online en la que recibieron una guía para la intervención de limpieza y desinfección que debían hacer del archivo. El motivo de la contaminación fue el almacenamiento de unos rollos de película —de otro archivo— muy cerca de algunas de las cajas del material de Fabiola. Al permanecer en ciertas condiciones atmosféricas: presencia de aire y luz solar, y debido al paso del tiempo, la película cinematográfica puede sufrir alteraciones en su composición, y producir un tipo de ácido acético (o vinagre). Si el vapor de ese ácido llega a otras superficies como el papel fotográfico, la tela o el papel, los contamina con su humedad, lo que propicia un ambiente propicio para los hongos.
Mi manera de recorrer, leer e indagar en este archivo, fue muy poco planeada y quizás, poco cuidadosa. Aunque ya había tenido un contacto previo (unos años antes en el CNMH en Bogotá), no recordaba mucho del archivo (sus categorías y cómo había sido creado). Claro, mi experiencia anterior con este archivo se había dado de manera muy diferente, a través de una pantalla y de manera remota a través de la copia de unos archivos en una memoria USB. En Medellín, mi encuentro fue totalmente diferente. Esta vez, estaba mediado no solo por una serie de emails, llamadas y pantallas sino por mis manos (con guantes). Ahora podía tocar el archivo, aunque este estuvieran en medio de una cuarentena.
Y así, poco a poco, después de encontrar huellas del paso del tiempo, del paso de otras manos, las manchas de humedad y tinta se hicieron visibles y tangibles —táctiles. Estos elementos me fueron invisibles en mi anterior experiencia. Por esos días, Adriana manifestó la necesidad de una lupa o algo que le permitiera aumentar las imágenes pequeñas que intentaba describir y clasificar; negativos fotográficos. Al final de ese día, fui a comprar dos lupas, ya que me di cuenta que tanto ella como yo necesitábamos lentes que nos ayudaran con otra perspectiva para nuestro trabajo. Ella para las fotografías que estaba viendo y para identificar a las personas en ellas, y yo, para descubrir las huellas del archivo. Estaba buscando algo, pero no tenía claro qué. O como me dijo Adriana, para hacerle preguntas al archivo.
La lupa me permitió aproximarme desde otra perspectiva al archivo. Y desde un nuevo lugar que cambió por completo mi búsqueda. Ahora había otras cosas que buscar. Cosas que no había contemplado de antemano: texturas, colores, tonos, rayones, fragmentos de otras cosas que se quedaban entre las uniones de las páginas, y ‚anchas de líquidos. Cada caja con documentos tenía un peso específico. Las hojas de periódico sonaban diferentes dependiendo de su grosor. Aparecían superficies y materiales diferentes: hojas de cuadernos, hojas de periódicos diferentes, papel fotográfico, tela, cartón, etc. Y por supuesto, otra capa material, el olor. —Aunque para eso no era necesaria la lupa. Guiada a través de mis sentidos, encontré una manera completamente nueva de recorrer este archivo. Al ver mis manos cubiertas con los guantes de látex que se hacían transparentes con mi sudor, me di cuenta que no solo eran una barrera para proteger el papel del contacto con mi piel sino que también servían para medir el tiempo que llevaba con el archivo —después de una hora de trabajo mis manos ya estaban muy húmedas, y cómo lo que iba encontrando y las preguntas que surgían en el proceso, me afectaban emocionalmente .
Esta nueva búsqueda trajo también nuevos encuentros en los que el agua y el río fueron apareciendo como lugares relevantes en este archivo. Aparecieron en forma de notas, temas, guías, pensamientos y como preguntas de Fabiola (el archivo más que como respuesta, una forma de hacer preguntas). Uno de mis primeros encuentros del río en el archivo, fue en un artículo de un períodico: ¿cómo hacer observaciones sobre un río?
Preguntas de investigación
- ¿De qué formas la desaparición de Luis Fernando afectó la vida de Adriana?
- ¿De qué maneras ella ha hecho resistencia a las violencias subsecuentes?
- Sobre su práctica artística, ¿de qué manera el arte ha sido una forma de respuesta y resistencia?
- ¿Es el archivo, una estrategia de resistencia (en el caso de Fabiola)?
- Y para Adriana, ¿qué representa? ¿Cómo ha estado presente en su vida?¿Cómo Adriana recibe/entrega el archivo? ¿Cómo la motivación e intenciones de Fabiola son recibidas (o no) por Adriana?
- ¿Es una transferencia generacional?
- ¿Cuál va a ser el futuro de este archivo?¿Cómo hacer hablar al archivo?
Lo que hemos hecho juntas
Durante los últimos cinco años, hemos consolidado un vínculo de amistad alimentado por nuestro intercambio regular a distancia. Después de nuestro encuentro en Medellín y trabajar juntas en/con el archivo, visitar el museo Casa de la memoria y otros lugares importantes en la vida de Adriana, hemos mantenido una conversación activa y crítica sobre su experiencia personal y sobre el archivo. En 2020, la invité a hacer parte de la propuesta de un taller de creación (a distancia) con estudiantes de la maestría en archivos de derechos humanos de la Universidad Nacional, sin embargo, debido a las contingencias de la pandemia de Covid 19 y a la disponibilidad del equipo de laboratorio, no fue posible realizarlo.
Compromisos
Desde el inicio de nuestro intercambio, Adriana me manifestó abiertamente sus necesidades y prioridades para participar en el proyecto de investigación. Me habló del compromiso y aporte al archivo con algunos recursos materiales y con la idea de cómo hacerle preguntas al archivo. Cómo garantizar que sea consultado y activado de diferentes formas. Asimismo, desde hace un par de años, hemos venido trabajando en la idea de un taller de cerámica (inspirado en la experiencia que tuvimos con Martha en Bogotá), y que planeamos proponer y llevar a cabo con ayuda del Museo Casa de la memoria en Medellín, y con la participación de personas afectadas por la violencia (de algunos sectores de la ciudad).
Otro compromiso heredado del primer proyecto en el que trabajamos juntas, es la tarea de elaborar una línea del tiempo/genealogía del archivo, enfocada en preguntarle al archivo, cómo fue la visibilización de casos y lucha de derechos humanos en Colombia, durante los años ochenta y noventa.
El remanso

Lo que trae y lleva el río
Beltrán está ubicado al lado del río Cauca entre las montañas de Risaralda en Colombia. Esta vereda, como se considera a las poblaciones rurales de entre 50 y 1200 personas que viven cerca de los caminos que comunican otros municipios, surgió en paralelo con el establecimiento de una de las estaciones y bodegas del ferrocarril de occidente que iba desde Cali hasta Buenaventura en el pacífico. Una ruta que recorría aproximadamente 300 Km.
Desde que esta estación dejó de recibir trenes, mercancías y personas, continuo existiendo como un pequeño y olvidado caserío. En Beltrán viven aproximadamente cincuenta familias, con una escuela, una cancha de fútbol, una iglesia evangélica, dos tiendas, y un balneario en el lugar en el que la quebrada la Nona se une con el río Cauca. En una de las orillas de este río, hay un remanso. Un punto en el que la corriente y el ritmo del río baja, se hace más lento. En el remanso, cualquier cosa que sea menos densa que el agua, flota y queda atrapada en un remolino suave: pedazos de árboles y troncos de madera, envases de plástico, ropa, cartón, papel, en general, desechos de otras ciudades y pueblos que son arrojados al agua. Sin embargo, entre la vegetación y los desechos también han llegado flotando cientos de cuerpos de personas asesinadas y desaparecidas que fueron arrojadas al río desde otros lugares. Durante 1980 y 2006, debido a la intensidad de la confrontación armada entre narcotraficantes, paramilitares y guerrillas, fueron asesinadas en esta región al menos 5.000 personas y más de 1.200 fueron desaparecidas de manera forzada. Una práctica que fue repertorio principalmente de grupos paramilitares en varias regiones. De acuerdo al investigador Andrés Suárez delCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) , más de 1.080 cuerpos de personas desaparecidas han sido recuperados en al menos 190 ríos colombianos.
El pueblo más violento de Colombia
Marsella es un municipio rodeado por dos ríos, el río Cauca y el San Francisco. El río Cauca atraviesa casi doscientos municipios en su trayectoria y en Beltrán, a 11 km de Marsella, crea un remanso debido al cambio de temperatura en las corrientes y a la variación de los sedimentos, que hace que todo lo que corre por el costado derecho del río se quede estancado ahí. Durante algunos años Marsella figuró en los primeros lugares de las estadísticas nacionales de homicidios debido a los cadáveres atrapados en el remolino de Beltrán ( Rutas del Conflicto, 2019 ). Las personas sin vida que llegaban flotando hasta el remanso, eran rescatadas por el cuerpo de bomberos y trasladadas por la policía hasta Marsella, en donde eran identificadas y enterradas en el cementerio Jesús María Estrada. Más de cuatrocientas personas se encuentran allí como personas no identificadas (PNI), todas, rescatadas en Beltrán tras haber sido arrojadas al río en otros lugares.
Una de las formas para llegar a Beltrán, es tomando una carretera sin pavimentar que sale de Marsella. Un trayecto que tarda aproximadamente cuarenta minutos en camperos de doble tracción, el tipo de transporte público habitual que resiste el complicado estado de este camino con grandes huecos, árboles caídos en la vía y curvas muy pronunciadas. En temporada de lluvias esta vía suele permanecer cerrada debido al lodo y a los derrumbes que constantemente bloquean la vía causando problemas de transporte y abastecimiento a la comunidad de Beltrán.
En esta sección abordo la historia de Beltrán y la relación que las niñas, niños, y otras personas de la comunidad establecen con el río, el pasado y su entorno a partir de cuatro momentos: El libro, La animera, La estación y El fuego.
La estación fantasma
Contexto
Beltrán es una pequeña población al lado del río Cauca, entre las montañas de Risaralda en Colombia. A este lugar llegaron dos familias, empleados y autoridades encargadas de la estación del ferrocarril que se fundó allí. Tras su interrupción en 1980, a pesar de los intentos de reparación, del paso del tiempo y de los cambios del nivel de agua del río, la vía férrea se ha deteriorado y ha sufrido rupturas. Y así, Beltrán dejó de ser una estación del tren para continuar existiendo como un caserío solitario en el que hay una escuela, una cancha de fútbol, un par de tiendas, y un balneario que queda justo en donde la quebrada la Nona y el río Cauca se unen. Para llegar allí se puede tomar la carretera sin pavimentar desde Marsella, o se puede llegar por las vías del tren en maronita, un vehículo artesanal con ruedas de balleneras y una base que en madera que es impulsado por una motocicleta.
En el remanso muchas cosas quedan atrapadas flotando en un remolino: pedazos de árboles, troncos de madera, envases de plástico, ropa, cartón, papel, y los desechos que son arrojados al río en otras ciudades y pueblos. Sin embargo, entre la vegetación y los desechos también han quedado atrapados animales muertos y cientos de cuerpos de personas asesinadas y desaparecidas que fueron arrojadas al río.
- Esta zona es una de las regiones con más extensión de cultivos cafeteros
- Vías férreas afectadas por el paso del tiempo, y las condiciones del río han causado el cierre de las estaciones y la interrupción del tren. Debido a esto, las familias ocuparon estas casas y ahora sienten incertidumbre y miedo de ser desalojados de estas viviendas que no son de su propiedad (legal).
- Cientos de cuerpos de personas asesinadas arrojadas al río quedaron atrapados en el remanso entre 1980–2000’s
- Rechazo y estigmatización social por esta problemática
- La población se encuentra muy cerca de un oleoducto (Ecopetrol) y de la Hidroeléctrica la Esmeralda (Caldas)
- Comunidad Embera (en lo alto de la montaña) / Bajan a pescar al río en la noch
Río cercanos: río Cauca, quebrada la Nona y el río Otún
Encuentros y metodología
He estado en dos ocasiones en este lugar. Ambas veces, acompañada de Yorlady y Gabriel quienes llevan más de una década de trabajo con esta comunidad. Mi primera estancia fue en 2018, gracias a la guía y generosidad de ambas personas. Nuestro primer viaje a Beltrán lo hicimos a través de una vía alterna que nos llevó hasta un lugar llamado Estación Pereira, y luego tomamos una marranita por la carrilera. Fue un viaje largo y pesado. Al llegar, fuimos con una de las familias que vive en las casas de la antigua estación del tren. Ese día conocí a Natalia. Una mujer joven, madre de familia, con quien Gabriel y Yorlady hablaron para gestionar nuestras comidas en los dos días que estaríamos. Natalia nos guío y nos explicó algunas cosas sobre Beltrán, y nos recomendó hablar con otras personas para nuestro proyecto.
En un principio hablé con dos pescadores, y luego gracias a la capacidad de comunicación y alcance de Natalia, hicimos un recorrido de observación del río con los niños y niñas, y una sesión de dibujo con acuarelas.
En 2020, regresé a Beltrán con Yorlady, Gabriel, Pablo y David —quienes viajaron desde Bogotá conmigo—, con quienes ideamos y llevamos a cabo una serie de ejercicios de recorrido, observación, recolección de materiales, fotografía y creación de personajes con las niñas y niños de Beltrán.











Personas
Durante el tiempo que permanecimos en Beltrán en Enero de 2020, de forma intuitiva y orgánica compartí de manera más cercana con algunas personas de la comunidad: Brandon, Natalia, Mariela y Dario. Nuestros encuentros estuvieron guiados por sus actividades cotidianas, sus tiempos de descanso, sus historias familiares, sus experiencias en el río y lo que piensan y esperan para el futuro. Con su consentimiento registré nuestros encuentros en diferentes medios: notas, video, fotografías y grabaciones de voz.
Lo que hicimos junto con la comunidad
En 2020 nos instalamos en una casa vecina a la de Dario. Allí tuvimos nuestra base para los ejercicios y talleres que desarrollamos junto con las niñas y niños, y otras personas de la comunidad de Beltrán.
- Recorrido de observación y recolección de materiales en la orilla del río
- Taller de creación y construcción de personajes
- Taller de fotografía digital
- Registro en video y puesta en escena de los personajes
- Conversaciones con mujeres
Preguntas de investigación
- ¿Cómo se relacionan las niñas y niños de este lugar con la vida y la muerte?
- ¿Cómo viven allí y cómo habitan sus diferentes capas históricas, espaciales y temporales?
- ¿Cómo han integrado en sus vidas cotidianas al río y todo lo que les provee/trae?
- ¿Cómo se relaciona la comunidad con la materialidad de este lugar: la antigua estación, la carrilera, el puente y la carretera?
- ¿Qué representa la carrilera y el río? ¿Cómo ambos han definido la vida de esta comunidad?
- ¿Cómo se relacionan con el pasado violento y los cuerpos que llegaron/llegan al remanso? ¿cómo lo hacen los hombres? ¿cómo lo hacen las mujeres? ¿cómo lo hacen las niñas y niños?
- Si el río y el ferrocarril son dos mundos y tiempos diferentes, ¿de qué formas se habitan/ocupan?
- ¿Cómo se relacionan las niñas y niños con la idea de futuro?
- ¿Cómo pueden el río y la carrilera cambiar su uso y su sentido?
- ¿Sómo repensar la desaparición desde la experiencia de esta comunidad (con las y los aparecidos)?
¿Cómo nos encontramos?
A partir del vínculo establecido con Yorlady y Gabriel, decidimos hacer otra propuesta juntes y volver a Beltrán para trabajar con las niñas y niños. En esta oportunidad, nuestra familia de trabajo se amplio con Natalia que nos ayudó con toda la gestión y producción dentro de la comunidad, David (artista del pan) y Pablo (artista Visual) quienes se unieron al equipo.
Lo que la comunidad ha hecho con otras personas
Durante los últimos años, la comunidad de Beltrán ha participado en diferentes proyectos culturales, artísticos, periodísticos y de investigación como Magdalenas por el Cauca, el documental Los Abrazos del Río, varios cortometrajes de ficción y reportajes para televisión. En la mayoría de casos, quienes que han participado en estos proyectos, quienes han sido escuchados y entrevistados han sido los hombres de la comunidad, principalmente los pescadores.
En el caso de este proyecto, lo planteamos teniendo en cuenta un enfoque diferencial y de género a partir del cual darle espacio central a las voces de niñas, niños y mujeres de la comunidad.
Acuerdos sobre nuestra colaboración
Durante nuestra estancia en Beltrán, varias personas de la comunidad nos manifestaron las siguientes necesidades y expectativas en cuanto a nuestro vínculo futuro:
- Mantener nuestro vínculo de escucha y cuidado por medio de llamadas telefónicas y/o WhatsApp. Hasta el momento, ha sido posible gracias a Natalia y su esfuerzo por mantenernos en contacto, y por actualizarnos cada cierto tiempo de lo que pasa en Beltrán.
- Planear la ideación y construcción de un museo en alguna de las casa de la comunidad, donde puedan compartir y preservar lo que hemos hecho y han hecho con otras personas.
- Apoyar con recursos algunas celebraciones tradicionales para las niñas y niños, como el día de los niños y la navidad.
- Participar y ayudar en la búsqueda de fondos cuando se presenten emergencias o problemas en la comunidad: afectación de la carretera e interrupción del transporte escolar, medicinas en casos de urgencia, materiales y útiles escolares para algunas/os niñas y niños, etc.
- Hacerlos partícipes de los resultados y difusión del proyecto, lo cual ha sido solo posible a través de encuentros online debido a la pandemia de Covid 19.
La orilla

Martha es una mujer de cincuenta y cinco años. Vive en Villavicencio en una casa pequeña casa, rodeada de las plantas y flores que cuida. Durante la semana, trabaja como ayudante de limpieza en una oficina y en la casa de una familia. Martha tiene dos hijos, Enrique y Andrés, y en los últimos veinte años debido a la desaparición forzada de Andrés, su hijo menor, se ha dedicado a buscarlo caminando por potreros, pueblos y ríos de la región esperando encontrar el lugar en el que su cuerpo pudo haber sido enterrado.
Los primeros años de su búsqueda fueron muy solitarios, guiada por la intuición y la poca información que recibía de la investigación sobre la desaparición de su hijo. Unos años después, Martha empezó a recibir apoyo de algunas organizaciones de víctimas como el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), la Fundación Nydia Erika Bautista (FNEB), y recientemente, de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), quienes reconocieron la desaparición forzada de Andrés y asumieron su investigación.
Descripción: dos fotografías del cuaderno de la memoria de Martha. En la primera imagen: Enrique, Martha, Andrés y Muñequita (perrita). En la segunda: Andrés, Martha y Enrique. Colombia, 2019.

¿Cómo nos encontramos?
Nos conocimos en Bogotá durante la conmemoración del día internacional de la desaparición forzada, en Mayo de 2016. Un evento público convocado por varias organizaciones de familiares de personas desaparecidas y víctimas del conflicto armado en Colombia, al que asistieron muchas personas interesadas, ONG’s y familiares que llegaron de varias regiones del país entre ellas Martha, y el grupo de mujeres con quienes viajó. Ese día ella llamó mi atención, al verla de lejos mientras le dibujaban con un pincel y tinta, un mensaje en el brazo derecho. El texto en su brazo decía, Te llevo en la sangre. Ella llevaba una fotografía de su hijo colgada del cuello con un texto: la memoria simbólica es la presencia de una ausencia. Mi hijo,Guillermo Andrés Castro Rojas, 19 años de edad. Desaparecido el 1 de octubre de 2001,Villavicencio, Meta.
Lo que hemos hecho juntas
Nuestra exploración y encuentros han estado guiados por dos gestos principales: la escucha y la lectura en voz alta. A Martha le gusta leer las cartas que escribe para Andrés; narrar las historias de cada una de las fotografías que conserva en el cuaderno de la memoria y escuchar las canciones favoritas de él. Sin duda, la voz es uno de los elementos principales de nuestro vínculo y trabajo conjunto (y nuestro archivo de WhatsApp).
En nuestros encuentros, también cocinamos y comemos juntas, como una manera de dar continuidad a uno de los rituales favoritos de Martha, cocinar las comidas favoritas de su hijo. Inspiradas por sus dibujos y notas, recorrimos juntas algunos de los lugares en donde ella estuvo buscando a su hijo: carreteras, puentes, varios ríos y un cementerio. Muchos de estos lugares se han transformado por el paso del tiempo, la construcción de infraestructura, la extracción de materiales, cambios ambientales y en los ciclos de los ríos. De este modo, nuestros recorridos se convirtieron en una suerte de cartografía recordada, dibujada y bordada (como los mapas bordados que hicimos juntas en un intento por recorrer en otra escala y representar visualmente su búsqueda). Desde que iniciamos nuestro intercambio, hemos venido construyendo un registro de naturaleza diversa: escritos, fotografía, audio, video así como la recolecciónmde materiales como en el caso del barro que hemos recolectado en diferentes ríos. Nuestros encuentros han tenido lugar principalmente en su casa o en la mía, y en los recorridos hemos visitado Villavicencio, el río Meta, Manacacias y Guatiquía. Asimismo, viajamos a Trujillo en el Valle del Cauca, en donde visitamos a otras personas familiares de desaparecidas/os con la intención de que Martha pudiese conocer a otras personas con experiencias similares y pudiera intercambiar con ellas.
Gracias a la generosidad de Jaime Castro, un antropólogo forense de la Fiscalía General de la Nación, fuimos invitadas en Abril de 2018 al laboratorio de Identificación Humana de la misma institución en Bogotá. Ese mismo año, también tuvimos un encuentro con un grupo de geólogos que nos explicaron sobre las rocas, su descomposición y cómo encontrar las huellas del pasado en los fósiles. Ambos encuentros, fueron reveladores y trascendentales para Martha.

Lo que Martha ha hecho sola y con otras personas
Desde el día en que Andrés fue desaparecido, Martha lo ha buscado en diferentes lugares no solo en el Meta sino en otros departamentos. En 2002, Martha fue acogida por el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice) y gracias a uno de los talleres dirigidos a familiares de personas desaparecidas inició sus ejercicios de escritura en el cuaderno de la memoria, y empezó a organizar y conservar las pertenencias de su hijo. Por medio de este cuaderno compuesto cartas, notas, descripciones, recortes, dibujos y fotografías, Martha ha creado un medio en el que ella y su familia se pueden acercar a Andrés.
En el Movice, Martha también hizo parte del grupo de teatro El Tente, en el que participan mujeres familiares de personas desaparecidas y con quienes tuvo la oportunidad de llevar su experiencia a diferentes plataformas y espacios culturales en Colombia. Asimismo, Martha ha participado con otras organizaciones en diferentes intervenciones públicas, plantones, talleres de bordado y pintura. En 2019 después que el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) conociera su historia, decidieron incluir su archivo personal dentro de su colección digital de archivos de derechos humanos sobre el conflicto armado (no disponible para consulta).
Preguntas de investigación
- ¿De que forma Martha recuerda a su hijo? ¿Qué tipo de memorias tiene?
- ¿Qué significados tiene el agua y el río para Martha?
- ¿De qué formas se manifiesta y qué efectos tiene?
- ¿Cómo la orilla como punto de partida, frontera y llegada ha determinado su experiencia de búsqueda y de encuentro?
- ¿Cuáles son los gestos cotidianos a través de los que ella da sentido a la ausencia de hijo? ¿cómo ocurren y en qué espacios?
- ¿cómo se relaciona Martha con estos objetos? ¿Qué gestos y sentidos intervienen?
- ¿de qué maneras se manifiesta el tiempo, la luz del sol, el polvo, y el agua en los objetos de Andrés?
- ¿cómo los conserva? ¿cómo se transforman? ¿cómo crea e imagina encuentros?
- ¿Cómo a través de esta practica (archivo) Martha materializa el encuentro? (archive & repertoire)
- ¿Cómo sus gestos y su archivo especulativo/imaginado dan lugar a formas alternativas de resistencia?
Gestos clave: orilla, frontera, río, caminar, lavar, navegar, dibujar, escribir, archivo, cocinar.
Compromisos de nuestra colaboración
Durante el tiempo que hemos compartido, establecimos una serie de compromisos. Uno de los más importantes ha sido, mantener nuestro vínculo de confianza y cuidado a pesar del tiempo y la distancia. Por otro lado, y como forma de honrar la búsqueda que ha hecho, Martha me propusó que revistáramos algunos de los lugares a los que ella ha ido (mientras no impliquen un riesgo para nuestra seguridad).
Debido a la temporada de lluvias de 2018 en Villavicencio, la casa de Martha sufrió mucho daños. Las grandes goteras en el techo de su casa afectaron sus muebles, los electrodomésticos y llegaron a humedecer la habitación de Andrés. Adelantándoselo a la consecuencias del tiempo y la humedad, Martha acudió a varias personas e instituciones cercanas buscando financiamiento para acelerar las reparaciones del techo de su casa.
Otro de los compromisos mas recientes, es la digitalización de gran parte de su archivo, con la intención de que este disponible para el proceso de investigación o para cualquier otra solicitud relacionada con la búsqueda de Andrés.

En esta habitación Martha conserva la mayoría de las pertenencias de Andrés: objetos personales, libros, fotografías, su cama, su mesa de noche y su televisor. En frente de la cama hay un sofa de color blanco, en el que Martha se sienta cuando quiere hablar con él. Ella dice: “este es el espacio donde lo encuentro” .

El cuaderno de la memoria
Cuaderno de la memoria
En este cuaderno que también es un registro, Martha se encuentra con Andrés a través de imágenes y escritos sobre él y ella, los recuerdos, su espera y sus búsquedas.
Imagen 1: Dibujo de un árbol. Texto: Sigo y seguiré tus huellas pero sin saber dónde está; Quién se lo llevó; Por qué se los llevaron; qué hicieron contigo hijo mío.
Imagen 2: Dibujo de un río y partes de cuerpos humanos en el agua. Texto: Que no se llenen más ríos de … No más sufrimiento. No más cuerpos. No mas desmembramiento”
Imágenes 3 y 4: Enrique, Martha, Andrés y Muñequita (perrita).
Personas

Quienes me acompañan en esta investigación constituyen un grupo de personas con experiencias y relaciones diferentes con la des-aparición forzada de personas en Colombia. Esta red afectiva se caracteriza por su diversidad: 1) dos mujeres que viven en diferentes regiones del país y comparten la experiencia de ser familiares de personas desaparecidas 2) un grupo de niñas, niños, mujeres y hombres campesinos que viven el la rivera del río Cauca y que se han visto expuestas/os a la desaparición de personas en otras circunstancias y formas, 3) un dúo de artistas quienes exploran los efectos de esta forma de violencia a partir del trabajo participativo con la comunidad de la rivera del río Cauca, y 4) un antropólogo forense y una médica forense que trabajan/trabajaron para entidades estatales. Estas personas no corresponden a una selección conscientemente deliberada de mi parte (como investigadora), y muchos menos arbitraria. Por el contrario, esta red ante todo afectiva, responde a un diálogo que evolucionó a través de intereses comunes y dio paso a un grupo transgeneracional con experiencias, perspectivas e historias muy diversas.
¿Cómo nos encontramos?
Como parte de la naturaleza de este tipo de investigaciones conocí a estas personas gracias a alguna amiga, amigo o familiar que me puso en contacto con ellas/os —en contextos altamente vulnerables y expuestos a la violencia; donde las personas no se sienten seguras de hablar abiertamente al respecto. En algunos casos, nuestro encuentro se hizo posible gracias a una pequeña red de confianza que derivó de un proyecto anterior. Durante y después de los recorridos por Villavicencio, Beltrán, Bogotá y Medellín, espontáneamente fueron tomando relevancia, continuidad y profundidad, las experiencias de seis personas: Martha, Adriana, les niñes de Beltrán, Jaime, María Inés, Yorlady y Gabriel. Si existe alguna lógica o correspondencia en este grupo, podría entenderse a partir de la idea de lo complementario. Por un lado, están quienes buscan y esperan a sus familiares desaparecides, y por el otro, quienes se relacionan con este fenómeno en otras circunstancias a partir del encuentro y rescate de cuerpos de personas no identificadas, labores de identificación humana (genética) y procesos artísticos comunitarios (relacionados con la desaparición de personas).
En cuanto a las otras personas presentadas aquí, el reconocimiento que hago responde a que con ellas tuve la oportunidad de trabajar a profundidad y por un período de tiempo más prolongado. En otros casos y con otras personas, decidí no seguir en contacto o simplemente no logramos llevar a cabo ningún encuentro.
Esta red de trabajo y afectos también incluye a las personas que no están localizadas en Colombia y que han sido fundamentales en este proceso: Eduardo Jorge de Oliveira y Andrea Botero, mis guías y supervisores académicos; mis compañeras de investigación, Iris y Clara; a mi familia extendida en Suiza, quienes me han dado amor, felicidad y apoyo en muchos sentidos: Amsél, Zeynep, Felipe, Carla, Nastasia, Adriana, Jose, Pascal, Paloma, Sara, Gabi, Kenza, Vincent y Malte. También me parece importante manifestar mi agradecimiento a quienes por diversas circunstancias, situaciones y profundas diferencias, ya no me acompañan (y decido no nombrarles directamente).
A todes, muchas gracias por estar presentes en mi vida y en el complejo proceso de hacernos preguntas e investigar sin separarnos de los afectos y el cuidado.
Metodología

Este proyecto inició con tres estancias de investigación en Colombia planeadas para ocurrir en los primeros tres años de investigación. Cuatro meses después de mudarme a Zúrich, hice mi primer viaje muy inquieta. Sin duda, era el anuncio de un conflicto:
¿cómo regresar a un contexto tan familiar desde un lugar diferente como investigadora (académica)?
¿Qué significaba eso y qué efectos tenía en las personas alrededor, en mi y en el proyecto?
Durante los primeros meses mantuve un vínculo activo de comunicación a distancia principalmente a través de Whatsapp con algunas de las personas en Colombia. Era la primera vez que usaba este medio como plataforma de investigación, y en algunos casos, única vía de comunicación. Formulado de otra manera, era la primera vez que este espacio trascendía y transgredía las conversaciones íntimas y personales, dando paso a la regularidad e intencionalidad que conlleva la investigación. Este canal nos permitió habilitar el espacio en el que surgieron vínculos de cercanía y confianza, consecuentemente con la propia investigación. En este sentido, considero este inter-espacio como un espacio situado en el que surgieron preguntas, emociones y todo aquello que compuso nuestros diálogos circunstanciales desde lugares disímiles. Un espacio alimentado de un repertorio de palabras y gestos para-textuales como emojis, notas de voz, llamadas, fotografías y videos que nos permitieron compartir nuestras narrativas cotidianas: mi vida como estudiante doctoral en Suiza, y los diferentes matices de las vidas de quienes me acompañan desde/en diferentes lugares de Colombia.
Preguntas incómodas
Durante el tercer año de mi doctorado leí un libro sobre el espacio vivido e imaginado en los lugares de violencia estatal en Tucumán, Argentina. En una de las primeras páginas, Pamela Colombo su autora, reflexiona sobre los encuentros y las entrevistas con las personas con quienes trabajó allí. Las palabras de Pamela Colombo y las de su interlocutora me confrontaron con la ambivalencia que hay entre lo dicho y lo escrito, y la distancia implícita. Sin duda, este fragmento me permitió reencontrarme con mis miedos y las dudas latentes cuando se aborda un fenómeno/tema que ya es en sí complejo emocionalmente, desde la perspectiva subjetiva de quienes han sido afectadas por él.

Hay una gran complejidad ética y emocional al hacer preguntas, al activar memorias y emociones en las conversaciones. No en vano, los momentos de reflexión, estancamiento, decisiones y cambios relacionados con lo que estaba haciendo, cómo lo estaba haciendo y los efectos que tenía en otras personas y en mi, coinciden con los momentos en los que fui confrontada en Colombia con preguntas como estas:
¿Qué puede hacer el arte por mí?
Como artista ¿qué puede hacer usted con lo que le estoy contando? ¿de qué forma va a usarlo?
¿Cómo nos vamos a ver beneficiados de eso?
¿Cómo sé que usted no es como las otras personas que vienen toman nuestras historias y se las llevan con sus proyectos?
¿Cómo podemos continuar este diálogo? ¿podemos hacer más cosas juntas?
Al mismo tiempo que leí a Pamela Colombo, una gran amiga antropóloga y una de las personas que más apoyo me ha dado en este proyecto —a pesar de nuestras distancias— Maria Fernanda Olarte, me recomendó el libro: The Vulnerable Observer. Un libro escrito por Ruth Behar, una antropóloga que realizó una investigación auto-etnográfica sobre la muerte en el pueblo natal de su mamá. En las primeras páginas escribió: Mi deuda con aquellos que me permitieron entrar en sus vidas, sabiendo que escribiría sobre ellos, nunca será completamente pagada. No puedo, nunca, hacerme lo suficientemente vulnerable (mi traducción, Behar Ruth, 1996, pXI)

Ambas perspectivas y reflexiones críticas resonaron intensamente con las experiencias de las personas con quienes trabajo, y con mi experiencia como mujer e investigadora. Pamela Colombo reconoce y honra la humildad de las palabras escritas y de lo narrado. Esta es su respuesta a las preguntas que le hicieron. Mientras tanto, Ruth Behar reconoce y nombra una imposibilidad: No es posible hacerse lo suficientemente vulnerable (Behar, 1996, pXI). Es lo que queda al atravesar el umbral de las experiencias ajenas. En ambos casos, como en el mío, se habilitan espacios de escucha y resonancia, que conllevan procesos de interpretación/traducción y amplificación de las palabras, las texturas y las memorias. A partir de mi experiencia interseccional y la de quienes me acompañan, he ido delimitando un marco de trabajo que considera y da relevancia a las condiciones de protección y cuidado tanto de mi misma como de elles. Una forma de corresponder a todas esas preguntas a partir de un ejercicio consciente y de reconocimiento de las dinámicas de poder implícitas en nuestros intercambios. En el ejercicio de escucha de quienes participamos; así como en el de resonancia y traducción, se da otro intercambio —me refiero a la interpretación, escritura y lectura—. También en la forma que quienes participamos en el proyecto, nos exponernos e involucrarmos. Quien se abre y habla de sus experiencias, así como quien escucha y escribe, se desplazan a un lugar en el que se comparten y se amplifican. Considero que solo a partir de un diálogo consciente, cuidadoso y crítico es que puedo habilitar una correspondencia con esas necesidades. Un diálogo que considere de forma interseccional a cada persona involucrada, y que reconozca las tensiones, jerarquías y los silencios latentes en este tipo de intercambios. Lo que intento plantear es una forma de encuentro fundada en el compromiso de hacerse vulnerable. Es decir, de exponerse a partir de la escucha, la validación de las experiencias de otras personas, y la aceptación de otros significados/sentidos sobre la vida, la muerte, el duelo, la búsqueda y la espera. A partir de una escucha atenta, consciente y responsable, es posible llegar a formular no sólo nuevas preguntas sino preguntas más incómodas y desafiantes. En este sentido, entiendo la investigación/creación como un diálogo crítico/colaborativo que busca cuestionarse y reinventarse a través de compromiso ético, emocional y político.
La deriva como método
Investigar sobre la violencia y sus efectos, investigar en contextos donde la violencia es vigente, e investigar colaborativamente en lugares y con personas afectadas por formas diversas de violencia (vigentes), son todos procesos muy diferentes. Investigar supone una intención y motivación, así como condiciones y filtros (disciplinas) desde donde aproximarse.
Pienso en la deriva como una forma de transitar y prácticar la investigación, y también como la forma de asumir y navegar los desvíos. En lo intuitivo de mi aproximación había ingenuidad y confusión, no porque careciera de un marco metodológico sino porque ante todo estaba excedida de emociones, medios y materiales: chats, fotografías, sonidos, y por el tiempo y la distancia que nos trascendían. Una forma de investigación que necesitaba repensarse a través de una serie de conflictos relacionados con la escala, la perspectiva y la intensidad:
¿Cómo me acerco?¿cómo me alejo?¿dónde me ubico?¿Cómo actúo?¿Cómo interpreto?¿Cómo gestiono y traduzco todo lo implícito en este proyecto?¿Qué hace que sea colaborativo? y si ocurre ¿cómo ocurre?
Para intentar responder estas preguntas se me ocurrió una idea viable y muy sencilla: debía compartir el proyecto con todas las personas que pudiera y si me era posible, debía hacerlo de manera diferente con cada una. A veces cambiaba el orden de los temas o intencionalmente omitía la palabra violencia o desaparición forzada. Otras veces me enfoqué en hablar de la relación de los ríos con el conflicto armado. Y luego decidí compartirlo desde la perspectiva de los vínculos, las personas vinculadas y lo que hacíamos en nuestros encuentros. Esta última intención, me permitió entender que en la coyuntura entre el acompañarnos, hacernos preguntas y hacer cosas juntas/os, estaba la clave del proyecto y cómo lo estábamos haciendo.
Estudié artes visuales y diseño, y me aproximo a este proyecto desde un abanico híbrido en el que convergen la investigación cualitativa, artística, feminista, decolonial y transdisciplinar. Para exponer mejor la forma en qué fueron convergiendo los hilos y herramientas metodológicas de este proyecto, me es necesario mencionar las diferentes preguntas, sugerencias y críticas constructivas que recibí y cómo me ayudaron en el proceso. Por ejemplo, cuando me refería al proyecto desde un enfoque en la forma de violencia por la que indagaba, me preguntaron: ¿eres historiadora o socióloga?¿con qué materiales trabajas?¿fuentes primarias o secundarias? Cuando me referí a quienes me acompañaban: ¿eres antropóloga? porque tu trabajo es muy etnográfico. Cuando mencioné cómo la práctica artística de otras personas era relevante para esta investigación, me preguntaban: ¿tu proyecto es de estudios culturales?¿A qué artistas analizas y cómo lo haces? Después de dar muchas vueltas a estas preguntas y al sentir que las respuestas me permitían encontrar lo que buscaba, decidí abordarlas de manera diferente y en lugar de respuestas, encontré otras preguntas más acertadas y concientes ¿Qué es lo que no tiene este proyecto?¿Qué es lo que no me interesa y/o lo que no estoy buscando?
Mi intención no es formular conclusiones relevantes/grandilocuentes sobre la desaparición de personas, el conflicto armado en Colombia, y la compleja situación de los ríos (en relación con lo anterior). Más que alimentar lo dicho sobre este fenómeno y estos temas—que es muy amplio y ya ha sido abordado desde varias disciplinas y por varies autores (Picault, Uribe, Suaréz, Dieguéz, etc), lo que realmente me interesa explorar es la manera en la que me aproximo y busco propiciar de manera colaborativa, situaciones y espacios de diálogo en contextos de alta vulnerabilidad emocional, social e histórica. Coincidentemente, esta investigación responde a una profunda motivación personal por explorar las diferentes formas de búsqueda, recuerdo, resistencia y encuentros especulativos de un grupo de personas que se han visto expuestas y afectadas por la desaparición forzada en Colombia: ¿Cómo buscan y esperan? ¿Cómo conviven en estos espacios?¿Cómo se relacionan con el agua y los ríos?¿Cómo recuerdan?¿cómo aparecen/intervienen los ríos en su vida y experiencias?¿Qué tipo de relaciones materiales y simbólicas surgen?¿qué formas alternativas de encuentro pueden emerger allí y a partir de qué gestos?
Abordo estas preguntas desde un enfoque feminista, decolonial, interseccional, y trandisciplinar dando relevancia a las diferentes condiciones, necesidades y relaciones que surgen el proceso de investigar. Feminista porque parto de una postura ética y política que reconoce el cuidado y el respeto condiciones centrales de la práctica de investigación/creación. Decolonial porque busco subvertir las prácticas hegemónicas de investigación a partir de la creación de métodos más conscientes, cuidadosos, comprometidos y colaborativos. Me interesa habilitar intercambios y situaciones epistemológicas colectivas a través de la vincularidad como forma alternativa de encuentro e investigación. Interseccional porque recibo y valido las experiencias situadas de quienes me acompañan desde diferentes enfoques (el de género, la condición de víctima del conflicto armado, el de grupo étnico, etc). Es transdisciplinar porque como espacio epistémico de exploración colectiva este proyecto considera distintas formas de pensar, disciplinas y aproximaciones, así como diferentes formatos que oscilan en el espectro de la práctica artística, el pensamiento de diseño, y las metodologías etnográficas. Me interesa crear metodologías situadas que permitan entablar diálogos colaborativos, cuidadosos y emocionalmente comprometidos en contextos complejos.
A través de la exploración de la desaparición forzada de personas como motivación inicial, logre avanzar y con el tiempo, dilucidar de qué realmente va este proyecto. No fue un camino líneal que me llevara del qué al cómo. Más bien ha sido del por qué al qué, del dónde al cómo, y de con quiénes al a hacer qué (cosas). En otras palabras, fue a partir de mi indagación sobre cómo algunas personas y comunidades habitan la experiencia de desaparición forzada y de otras violencias visibles en el espacio, que se fue vislumbrando la esencia de este proyecto: el quehacer creativo como resistencia colectiva y forma de ética de hacer preguntas e investigar. Al abordar temas y fenómenos densos y cargados de repercusiones emocionales y significados, investigar requiere de un nuevo marco de aproximación, nuevas preguntas, compromisos y por supuesto, riesgos. Es decir, hacerse vulnerables, prácticar la solidaridad epistémica a partir de lenguajes compartidos, y la apertura a otras formas de investigar que vienen desde el conocimiento local, experiencial y empírico).
Entiendo la práctica artística como una herramienta/forma de creación de situaciones de diálogo e intercambio en las que elaboramos preguntas de manera colectiva. Con esta apuesta, me interesa entablar diálogos a través de lenguajes comunes, gestos cotidianos y materiales diversos que nos permitan aproximarnos por medio de situaciones no solo cotidianas sino menos opresivas y dispares como caminar, cocinar, hablar (por teléfono), dibujar, recolectar objetos, amasar barro, bordar y leer en voz alta.
Sobre el proyecto

En Julio de 2017 me mudé a Zurich para empezar una investigación doctoral, Encuentros en el río: Des/aparición, memoria, agua y otras formas de encuentro en Colombia —voy por la décima versión del título—. Con mi llegada a Zúrich y el inicio del doctorado —primero en el Romanisches Seminar y más adelante en el departamento de Análisis Cultural—, me invadieron el miedo y las dudas. Aquellas relacionadas con mi forma de trabajo, y la (in)disciplina que caracteriza mis exploraciones. Encontrarme fuera de mi contexto familiar, afectivo e íntimo, al mismo tiempo que alienada académica y profesionalmente, determinaron de forma radical mi experiencia y el desarrollo de este proyecto.
Al emprender este desplazamiento, me distancié no solo geográfica y físicamente de las personas con quienes trabajaba, sino también emocionalmente. Esta distancia tuvo efectos múltiples. Por un lado en las personas del equipo (en Colombia), y también en mi experiencia personal y mi proceso de investigación. En este blog les invito a recorrer mi experiencia (colectiva) de investigación/creación a partir de la red afectiva y de personas que la alimentan, las secciones/contextos que abordamos, y las diferentes metodologías que desarrollamos.
Sobre el proyecto
En Colombia, el agua configura y es lugar de profundas transformaciones geográficas, históricas, materiales, sociales, y emocionales. En el caso de las personas que viven cerca de algún río, el agua es un elemento constituyente en sus vidas: les circunda definiendo el territorio, les provee de beneficios y también de riesgos, miedos y amenazas. De otras maneras y con otros significados, el agua también está presente en la vida de quienes han sido afectadas/os por la desaparición forzada de sus seres queridos. En ambos casos, tanto el agua como el río reaparecen y toman nuevas formas y sentidos a través de prácticas y manifestaciones que posibilitan otras relaciones con la ausencia y el pasado ya que permiten imaginar formas alternativas de encuentro.
En Colombia los ríos han sido el lugar de diversas expresiones de violencia, despojo, desechos, y prácticas extractivas1. Tras el proceso de desmovilización paramilitar Justicia y Paz, se dio a conocer que cientos de ríos y sus orillas fueron utilizadas para arrojar o enterrar a personas asesinadas y desaparecidas. Una década después, en medio de las negociaciones del acuerdo de paz con las FARC-EP (2016-), se reconoció constitucionalmente al río Magdalena como sujeto de derechos —el primero de cinco ríos en obtener este tipo de reconocimiento. Actualmente varias instituciones gubernamentales y no gubernamentales se han manifestado sobre la urgencia de protección de algunos ríos, zonas donde se han construído hidroeléctricas, cementerios, minas, basureros, esteros y manglares, que han sido usados para enterrar o abandonar los cuerpos de personas desaparecidas. Según cifras polémicas, desde 1958 han sido desaparecidas de manera forzada aproximadamente 82.000 personas en Colombia y se calcula que al menos 1000 de estas personas han sido arrojadas en al menos 190 ríos.
Por medio de una aproximación situada, transdisciplinar, colaborativa y emocionalmente comprometida, exploro las formas diversas en las que un grupo de personas dotan de nuevos sentidos a la vida, la muerte y la ausencia a través de expresiones materiales y simbólicas profundamente enlazadas con las diferentes manifestaciones del agua: ríos, quebradas, lluvia, goteras, húmedad y hongos. Mi propuesta reúne a dos mujeres familiares de personas desaparecidas y a una comunidad ribereña del río Cauca, para explorar las formas en las que el agua y la des/aparición confluyen y transforman material y simbólicamente los espacios, las vidas, las prácticas y los cuerpos de estas personas. A través de una serie de ejercicios de escritura, dibujo, fotografía y gestos cotidianos como caminar y cocinar juntes, propiciamos espacios de cuidado, confianza, escucha y creación colectiva. En este proceso también participan otras voces desde las experiencias de dos artistas locales, un geólogo, un antropólogo y una médica forense. En definitiva, en este proyecto indago en cómo las prácticas locales y gestos cotidianos permiten resignificar lo que ha sido afectado por la violencia, y cómo el agua no es solo un elemento constituyente de estas experiencias subjetivas sino también, un medio a través del cual propiciar otras formas de encuentro.
- Como la minería de oro y de materiales para construcción.






