El desborde

Esta his­to­ria empieza con las notas escritas en un tablero acríli­co y un fuerte olor pare­ci­do al vina­gre. El 15 de mar­zo de 2019 a las 8:30 am, después de un inter­cam­bio de corre­os elec­tróni­cos y lla­madas tele­fóni­cas durante dos meses, llegué a la puer­ta de la sala de con­sul­ta del  Fon­do Doc­u­men­tal de la Uni­ver­si­dad Nacional , en Medel­lín. Tenía la inten­ción de explo­rar y cono­cer el archi­vo de Fabi­o­la Lalinde. 

En Abril de 2016 mien­tras real­iz­a­ba otro proyec­to, fui en búsque­da del archi­vo de Fabi­o­la Lalinde. En ese momen­to, ese archi­vo hacía parte del repos­i­to­rio dig­i­tal de archivos de dere­chos humanos del Cen­tro Nacional de Memo­ria Históri­ca. En la sede de esta insti­tu­ción en Bogotá, recibí las instruc­ciones para acced­er al repos­i­to­rio de man­era vir­tu­al y una copia en una memo­ria USB de algu­nas de las car­petas del archi­vo. En ese momen­to mi moti­vación para con­sul­tar el archi­vo, era cono­cer más del con­tex­to políti­co e históri­co de la desapari­ción forza­da en Colom­bia durante los años 70 ‘s y 80’ s. Quería hac­er­lo des­de la per­spec­ti­va de Fabi­o­la, y su expe­ri­en­cia per­son­al de búsque­da y encuen­tro de Luis Fer­nan­do Lalinde Lalinde, su hijo desa­pare­ci­do en 1984. El día que llegué al CNMH a pre­gun­tar y pedir acce­so al archi­vo, me recibió una mujer que me hizo una pre­gun­ta muy especí­fi­ca después de escucharme hablar de mi proyec­to: ¿nece­si­tas acce­so a las car­petas de la exhumación del cuer­po de Luis Fer­nan­do? Aunque sor­pren­di­da por su pre­gun­ta, ráp­i­da­mente le dejé claro con el movimien­to de mi cabeza que eso no era lo que me interesa­ba ni inves­ti­gar, mucho menos ver. 

Luego de revis­ar algu­nas car­petas e imá­genes del mate­r­i­al que me entre­garon en Bogotá, me ani­mé a escribir­le a Adri­ana —hija de Fabi­o­la y her­mana de Luis Fer­nan­do. La respues­ta a mi correo elec­tróni­co llegó muy pron­to. Fue muy gen­erosa y recibió muy bien mis pre­gun­tas. Una sem­ana después nos reuni­mos y nos conoci­mos por skype con ella y Fabi­o­la, y des­de entonces, man­ten­emos una comu­ni­cación reg­u­lar a distancia.

En 2018, luego de un largo pro­ce­so de búsque­da, encuen­tro, iden­ti­fi­cación, entre­ga, jus­ti­cia y reparación por la desapari­ción de su hijo,  Fabi­o­la Lalinde man­i­festó el deseo  de que su archi­vo quedara bajo cus­to­dia y cuida­do de la Uni­ver­si­dad Nacional de Colom­bia en Medel­lín. Siente que esta insti­tu­ción man­ten­drá pro­te­gi­do de intere­ses políti­cos el archi­vo, y además de garan­ti­zar su acce­so públi­co y prin­ci­pal­mente, de estu­di­antes.  Tras cono­cer esta noti­cia  (???), les escribí muy emo­ciona­da para man­i­fes­tar­les mi ale­gría y para decir­les que esper­a­ba que todo saliera muy bien. En ese momen­to debido a com­pli­ca­ciones de salud de Fabi­o­la y a que me encon­tra­ba vivien­do fuera de Colom­bia, nue­stro con­tac­to fue a través de what­sapp, prin­ci­pal­mente con Adriana. 

Luego de hablar con ellas, con­tac­té al pro­fe­sor Óscar Cal­vo Isaza —direc­tor del lab­o­ra­to­rio de fuentes históri­c­as de la uni­ver­si­dad, con­tán­dole de mi doc­tor­a­do, del proyec­to, y le hablé sobre mi interés en hac­er una estancia cor­ta de inves­ti­gación con el archi­vo. Tras var­ios inter­cam­bios por correo elec­tróni­co con la sec­re­taria del lab­o­ra­to­rio, me respondieron que para empezar mi estancia en la fecha y en los días que nece­sita­ba, debía recibir la con­fir­ma­ción y el acom­pañamien­to de Adri­ana Lalinde ya que el archi­vo aún se encon­tra­ba en cat­a­lo­gación y en cuar­ente­na por limpieza. Le escribí a Adri­ana explicán­dole lo que esta­ba pasan­do y pre­gun­tán­dole si podía con­tar con su apoyo y su acom­pañamien­to en esta estancia —durante la cual había planea­do vis­i­tar y tra­ba­jar con otras per­sonas en Medel­lín. Su respues­ta fue pos­i­ti­va, y luego de comu­ni­carme de nue­vo con el equipo y el pro­fe­sor Óscar, me con­fir­maron que podía ir a vis­i­tar­los a Medellín.

En 2019, nos reen­con­tramos con Adri­ana en la sala de con­sul­ta del Lab­o­ra­to­rio de Fuentes Históri­c­as de la Uni­ver­si­dad Nacional de Medel­lín. Allí, durante una sem­ana, hablam­os y nos acom­pañamos en nue­stros tra­ba­jos. Ella, revisan­do neg­a­tivos y fotografías del archi­vo para describir­las en fichas. Y yo, por primera vez, vien­do, leyen­do y tocan­do el archivo.

Adri­ana vive en Medel­lín, donde nació hace sesen­ta años. Es escul­to­ra y des­de que la conocí me trans­mi­tió todo el amor y agradec­imien­to que siente por su prác­ti­ca cre­ati­va. En una de nues­tras primeras con­ver­sa­ciones le pre­gun­té sobre su tra­ba­jo y sobre las cosas que le gusta­ban, y recuer­do clara­mente una de las cosas que me respondió: soy artista, aunque nun­ca he ido a una uni­ver­si­dad. Des­de mi per­spec­ti­va, Adri­ana es una mujer sen­si­ble, amorosa y muy cuida­dosa a la hora de com­par­tir cier­tos aspec­tos de su vida. La desapari­ción forza­da de Luis Fer­nan­do, su her­mano, tra­jo muchas difi­cul­tades y con­flic­tos. Una expe­ri­en­cia que ella ha vívi­do a través del largo camino acom­pañan­do a Fabi­o­la, y donde su vul­ner­a­bil­i­dad la ha expuesto a varias vio­len­cias y for­mas de revic­tim­ización: dis­crim­i­nación de género, la desle­git­i­mación sobre su expe­ri­en­cia per­son­al y cómo su respues­ta a lo que ha vivi­do está atrav­es­a­da y deter­mi­na­da por su condi­ción autista (y el capacitismo).

Sobre su prác­ti­ca artís­ti­ca, es una de las estrate­gias que encon­tró para recibir, ges­tionar, mate­ri­alizar y trascen­der las difer­entes vio­len­cias que la han atrav­es­a­do y que la silen­cia­ron, o como ella lo expre­sa, lo que me pasó es que cuan­do ocur­rió lo de mi her­mano yo me quedé sin pal­abras, no pude respon­der. No tenía cómo nom­brar lo que me pasa­ba, y eso me tuvo mal mucho tiem­po. Y con el tiem­po, entre más se exponía de man­era públi­ca, por ejem­p­lo cuan­do le hacían entre­vis­tas o la bus­ca­ban para hablar sobre el caso de su her­mano, se sen­tía muy incó­mo­da al ser trata­da y nom­bra­da (aunque no en todas, sí en muchas oca­siones) como la hija de Fabi­o­la y no como Adri­ana Lalinde. Siente que esta iden­ti­dad le fue impuesta. 

Por muchos años y des­de muy joven, Adri­ana acom­pañó a Fabi­o­la en muchas de las búsquedas que ha empren­di­do en su vida: bus­car a Luis Fer­nan­do, y tras la con­fir­ma­ción de su muerte, encon­trar su cuer­po, iden­ti­fi­car­lo, y la larga espera por jus­ti­cia (con­de­na de quienes son respon­s­ables, reparación económi­ca y sim­bóli­ca por lo cau­sa­do). En este com­ple­jo camino de más de trein­ta años, Adri­ana pres­en­ció, par­ticipó y acom­pañó a su famil­ia en la Operación Ciriri, o en otras pal­abras, las estrate­gias que Fabi­o­la ideó para bus­car, respon­der, resi­s­tir, con­tin­uar y com­par­tir todo el conocimien­to de la búsque­da de su hijo desa­pare­ci­do. Y así, con todas las his­to­rias y expe­ri­en­cias pos­i­ti­vas y neg­a­ti­vas, el dolor y los buenos encuen­tros que tra­jo la Operación Círi­ci, Fabi­o­la dio for­ma durante vein­ticin­co años a un exten­so archi­vo mate­r­i­al que fue entre­ga­do en cus­to­dia al Lab­o­ra­to­rio de Fuentes Históri­c­as de la Uni­ver­si­dad Nacional de Medellín. 

Sobre su prác­ti­ca artís­ti­ca, cómo ha colab­o­ra­do con otras per­sonas y pro­ce­sos colectivos 

En 1987, Adri­ana empezó a tomar clases de cerámi­ca en Medel­lín, en el taller de un artista ami­go de su famil­ia. A este lugar llegó ani­ma­da por Fabi­o­la quien sabía lo mucho que a Adri­ana le interesa­ba el arte. En este taller estu­vo por dos años, tras los que con­tin­uó su prác­ti­ca artís­ti­ca de man­era inde­pen­di­ente y pro­fun­da­mente conec­ta­da con el pro­ce­so de encuen­tro e iden­ti­fi­cación de su hermano. 

Ocho años después de la desapari­ción de Luis Fer­nan­do, la famil­ia de Adri­ana recibió noti­cias del cuer­po de una per­sona asesina­da por el Ejérci­to Nacional que podría ser él. Durante ese perío­do, Adri­ana tuvo una serie de sueños en los que vio a su her­mano, y de los que recuer­da una raíz, un árbol y tier­ra. Ese mis­mo año con ayu­da del ejérci­to y la Fis­calía, ubi­caron y exhumaron el cuer­po de Luis Fer­nan­do. Esta­ba enter­ra­do entre las raíces de un árbol en una mon­taña en Antio­quía. En 1996, tras una larga espera para la iden­ti­fi­cación de su cadáver, la famil­ia recibió la noti­cia de la con­fir­ma­ción de su iden­ti­dad y final­mente, la entre­ga de sus restos óseos. La urna en la que se encuen­tran los restos de Luis Fer­nan­do en Medel­lín, fue hecha con bar­ro por Adri­ana, inspi­ra­da en las imá­genes de árboles y raíces de sus sueños. 

En 2002, Adri­ana fue invi­ta­da por la Aso­ciación de Famil­iares de Víc­ti­mas de Tru­jil­lo (AFAVIT) en el Valle del Cau­ca para mod­e­lar 235 osar­ios en bar­ro con los ros­tros, cuer­pos y las his­to­rias de vida de las per­sonas asesinadas y desa­pare­ci­das en esta zona entre 1987 y 1994. Este memo­r­i­al funer­ario que se encuen­tra en el Par­que Mon­u­men­to de Tru­jil­lo, fue real­iza­do durante dos meses con la colab­o­ración de algu­nas de las famil­ias de estas per­sonas. Para Adri­ana, este fue un pro­ce­so de muchas capas emo­cionales. Por un lado, fue una expe­ri­en­cia enrique­ce­do­ra y colab­o­ra­ti­va en la que cono­ció y com­par­tió con per­sonas afec­tadas por vio­len­cias sim­i­lares a la suya. Sin embar­go, tam­bién fue un pro­ce­so doloroso y autor­reflex­i­vo por su propia nat­u­raleza. Un proyec­to artís­ti­co que cul­minó en un memo­r­i­al funer­ario con­struí­do en un lugar pro­fun­da­mente afec­ta­do por la vio­len­cia, y que pone en ten­sión difer­entes expe­ri­en­cias: la muerte, la ausen­cia y la desapari­ción forza­da de per­sonas, a través de la rep­re­sentación de estas per­sonas en vida: cómo eran, qué hacían, qué les gusta­ba, cómo son recor­dadas y qué obje­tos quedan de ellas. 

En los últi­mos años, Adri­ana ha par­tic­i­pa­do en var­ios proyectos/procesos con difer­entes gru­pos y orga­ni­za­ciones de per­sonas afec­tadas por la vio­len­cia, como  Agroarte  en la comu­na Trece de Medel­lín, el Museo de la memo­ria en Medel­lín, y con el lab­o­ra­to­rio de fuentes históri­c­as de la Uni­ver­si­dad Nacional en Medel­lín, en la cat­a­lo­gación del archi­vo de su familia. 

(re)encuentros en el archivo

El primer día en el archi­vo empezó tem­pra­no. Había pocas per­sonas en la uni­ver­si­dad a esa hora de la mañana. Al entrar, lo primero que vi fue un tablero acríli­co blan­co en el que esta­ba descrito el tra­ba­jo que esta­ban real­izan­do con el archi­vo has­ta la fecha. Cajas inter­venidas, 8. Folios entre­ga­dos, 8410 desin­fec­ta­dos. Folios en cuar­ente­na, 3500. Biode­te­ri­oro (hon­gos). Val­or com­er­cial, socio­cul­tur­al. Pat­ri­mo­nio. Memo­ria físi­ca, intan­gi­ble. Tam­bién había una can­ti­dad escri­ta: 6 ml, y una pal­abra que se repetía dos veces entre parén­te­sis, (hojas). 

Esa mañana tam­bién conocí a Jose Manuel, his­to­ri­ador y coor­di­nador del lab­o­ra­to­rio, y a Mar­gari­ta, una de las inves­ti­gado­ras prac­ti­cantes del lab­o­ra­to­rio, quien me dio las instruc­ciones para tra­ba­jar con el archi­vo. Me explicó qué equipos usar y dónde podía sen­tarme a tra­ba­jar. Mien­tras escuch­a­ba aten­ta a Mar­gari­ta, Jose inter­rumpió nues­tra con­ver­sación para pre­gun­tarme si tenía guantes para con­sul­tar el archi­vo. Yo respondí negan­do con mi cabeza. Has­ta ese momen­to no solo había sido des­cuida­da con las nor­mas bási­cas de con­sul­ta en un archi­vo sino que además no había reflex­ion­a­do sobre las impli­ca­ciones de esta opor­tu­nidad. Aho­ra podría tocar las pági­nas, fotografías y hojas de per­iódi­co con mi manos. Sin duda, mi expe­ri­en­cia esos días allí estu­vo medi­a­da por mis sen­ti­dos; ver, oler y tocar el archivo.

Entre mis olvi­dos tam­bién estu­vieron las  instruc­ciones de con­sul­ta  del archi­vo, que no leí a tiem­po. Después de dis­cul­parme por mi des­cui­do, les pre­gun­té dónde podía con­seguir unos guantes den­tro de la uni­ver­si­dad, y fui ráp­i­da­mente a una de las papel­erías cer­canas a com­prar­los. —Al volver con los guantes de látex, empecé a revis­ar el catál­o­go del archi­vo. Por cada caja que quisiera con­sul­tar, debía llenar a mano unos for­matos con códi­gos que cor­re­spondían a seg­men­tos del archivo. 

Ese día me enteré que esta­ban real­izan­do un pro­ce­so de desin­fec­ción del archi­vo de Fabi­o­la. El moti­vo de la cuar­ente­na se podía intuir en la nar­iz. Era un olor muy fuerte a vina­gre difí­cil de igno­rar, al menos para mí. Varias veces me dis­tra­je pen­san­do en el moti­vo del olor y en lo que estaría ocur­rien­do en el archi­vo. Mien­tras tra­ba­ja­ba revisan­do el mate­r­i­al una de las cajas con per­iódi­cos, el equipo del lab­o­ra­to­rio tuvo una reunión online en la que reci­bieron una guía para la inter­ven­ción de limpieza y desin­fec­ción que debían hac­er del archi­vo. El moti­vo de la con­t­a­m­i­nación fue el alma­ce­namien­to de unos rol­los de pelícu­la —de otro archi­vo— muy cer­ca de algu­nas de las cajas del mate­r­i­al de Fabi­o­la. Al per­manecer en cier­tas condi­ciones atmos­féri­c­as: pres­en­cia de aire y luz solar, y debido al paso del tiem­po, la pelícu­la cin­e­matográ­fi­ca puede sufrir alteraciones en su com­posi­ción, y pro­ducir un tipo de áci­do acéti­co (o vina­gre). Si el vapor de ese áci­do lle­ga a otras super­fi­cies como el papel fotográ­fi­co, la tela o el papel, los con­t­a­m­i­na con su humedad, lo que prop­i­cia un ambi­ente prop­i­cio para los hongos. 

Mi man­era de recor­rer, leer e inda­gar en este archi­vo, fue muy poco planea­da y quizás, poco cuida­dosa. Aunque ya había tenido un con­tac­to pre­vio (unos años antes en el CNMH en Bogotá), no record­a­ba mucho del archi­vo (sus cat­e­gorías y cómo había sido crea­do). Claro, mi expe­ri­en­cia ante­ri­or con este archi­vo se había dado de man­era muy difer­ente, a través de una pan­talla y de man­era remo­ta a través de la copia de unos archivos en una memo­ria USB. En Medel­lín, mi encuen­tro fue total­mente difer­ente. Esta vez, esta­ba medi­a­do no solo por una serie de emails, lla­madas y pan­tallas sino por mis manos (con guantes). Aho­ra podía tocar el archi­vo, aunque este estu­vier­an en medio de una cuarentena.

Y así, poco a poco, después de encon­trar huel­las del paso del tiem­po, del paso de otras manos, las man­chas de humedad y tin­ta se hicieron vis­i­bles y tan­gi­bles —tác­tiles. Estos ele­men­tos me fueron invis­i­bles en mi ante­ri­or expe­ri­en­cia. Por esos días, Adri­ana man­i­festó la necesi­dad de una lupa o algo que le per­mi­tiera aumen­tar las imá­genes pequeñas que intenta­ba describir y clasi­ficar; neg­a­tivos fotográ­fi­cos. Al final de ese día, fui a com­prar dos lupas, ya que me di cuen­ta que tan­to ella como yo nece­sitábamos lentes que nos ayu­daran con otra per­spec­ti­va para nue­stro tra­ba­jo. Ella para las fotografías que esta­ba vien­do y para iden­ti­ficar a las per­sonas en ellas, y yo, para des­cubrir las huel­las del archi­vo. Esta­ba bus­can­do algo, pero no tenía claro qué. O como me dijo Adri­ana, para hac­er­le pre­gun­tas al archi­vo

La lupa me per­mi­tió aprox­i­marme des­de otra per­spec­ti­va al archi­vo. Y des­de un nue­vo lugar que cam­bió por com­ple­to mi búsque­da. Aho­ra había otras cosas que bus­car. Cosas que no había con­tem­pla­do de ante­mano: tex­turas, col­ores, tonos, ray­ones, frag­men­tos de otras cosas que se qued­a­ban entre las uniones de las pági­nas, y ‚anchas de líqui­dos. Cada caja con doc­u­men­tos tenía un peso especí­fi­co. Las hojas de per­iódi­co son­a­ban difer­entes depen­di­en­do de su grosor. Aparecían super­fi­cies y mate­ri­ales difer­entes: hojas de cuader­nos, hojas de per­iódi­cos difer­entes, papel fotográ­fi­co, tela, cartón, etc. Y por supuesto, otra capa mate­r­i­al, el olor.  —Aunque para eso no era nece­saria la lupa. Guia­da a través de mis sen­ti­dos, encon­tré una man­era com­ple­ta­mente nue­va de recor­rer este archi­vo. Al ver mis manos cubier­tas con los guantes de látex que se hacían trans­par­entes con mi sudor, me di cuen­ta que no solo eran una bar­rera para pro­te­ger el papel del con­tac­to con mi piel sino que tam­bién servían para medir el tiem­po que llev­a­ba con el archi­vo —después de una hora de tra­ba­jo mis manos ya esta­ban muy húmedas, y cómo lo que iba encon­tran­do y las pre­gun­tas que surgían en el pro­ce­so, me afecta­ban emocionalmente .

Esta nue­va búsque­da tra­jo tam­bién nuevos encuen­tros en los que el agua y el río fueron apare­cien­do como lugares rel­e­vantes en este archi­vo. Aparecieron en for­ma de notas, temas, guías, pen­samien­tos y como pre­gun­tas de Fabi­o­la (el archi­vo más que como respues­ta, una for­ma de hac­er pre­gun­tas). Uno de mis primeros encuen­tros del río en el archi­vo, fue en un artícu­lo de un períod­i­co: ¿cómo hac­er obser­va­ciones sobre un río?

Pre­gun­tas de investigación

  • ¿De qué for­mas la desapari­ción de Luis Fer­nan­do afec­tó la vida de Adriana?
  • ¿De qué man­eras ella ha hecho resisten­cia a las vio­len­cias subsecuentes?
  • Sobre su prác­ti­ca artís­ti­ca, ¿de qué man­era el arte ha sido una for­ma de respues­ta y resistencia?
  • ¿Es el archi­vo, una estrate­gia de resisten­cia (en el caso de Fabiola)? 
  • Y para Adri­ana, ¿qué rep­re­sen­ta? ¿Cómo ha esta­do pre­sente en su vida?¿Cómo Adri­ana recibe/entrega el archi­vo? ¿Cómo la moti­vación e inten­ciones de Fabi­o­la son recibidas (o no) por Adriana? 
  • ¿Es una trans­fer­en­cia generacional?
  • ¿Cuál va a ser el futuro de este archi­vo?¿Cómo hac­er hablar al archi­vo?

Lo que hemos hecho juntas

Durante los últi­mos cin­co años, hemos con­sol­i­da­do un vín­cu­lo de amis­tad ali­men­ta­do por nue­stro inter­cam­bio reg­u­lar a dis­tan­cia. Después de nue­stro encuen­tro en Medel­lín y tra­ba­jar jun­tas en/con el archi­vo, vis­i­tar el museo Casa de la memo­ria y otros lugares impor­tantes en la vida de Adri­ana, hemos man­tenido una con­ver­sación acti­va y críti­ca sobre su expe­ri­en­cia per­son­al y sobre el archi­vo. En 2020, la invité a hac­er parte de la prop­ues­ta de un taller de creación (a dis­tan­cia) con estu­di­antes de la maestría en archivos de dere­chos humanos de la Uni­ver­si­dad Nacional, sin embar­go, debido a las con­tin­gen­cias de la pan­demia de Covid 19 y a la disponi­bil­i­dad del equipo de lab­o­ra­to­rio, no fue posi­ble realizarlo. 

Com­pro­misos

Des­de el ini­cio de nue­stro inter­cam­bio, Adri­ana me man­i­festó abier­ta­mente sus necesi­dades y pri­or­i­dades para par­tic­i­par en el proyec­to de inves­ti­gación. Me habló del com­pro­miso y aporte al archi­vo con algunos recur­sos mate­ri­ales y con la idea de cómo hac­er­le pre­gun­tas al archi­vo. Cómo garan­ti­zar que sea con­sul­ta­do y acti­va­do de difer­entes for­mas. Asimis­mo, des­de hace un par de años,    hemos venido tra­ba­jan­do en la idea de un taller de cerámi­ca (inspi­ra­do en la expe­ri­en­cia que tuvi­mos con Martha en Bogotá), y que planeamos pro­pon­er y lle­var a cabo con ayu­da del Museo Casa de la memo­ria en Medel­lín, y con la par­tic­i­pación de per­sonas afec­tadas por la vio­len­cia (de algunos sec­tores de la ciudad). 

Otro com­pro­miso hereda­do del primer proyec­to en el que tra­ba­jamos jun­tas, es la tarea de elab­o­rar una línea del tiempo/genealogía del archi­vo, enfo­ca­da en pre­gun­tar­le al archi­vo, cómo fue la vis­i­bi­lización de casos y lucha de dere­chos humanos en Colom­bia, durante los años ochen­ta y noventa. 

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