
Este proyecto inició con tres estancias de investigación en Colombia planeadas para ocurrir en los primeros tres años de investigación. Cuatro meses después de mudarme a Zúrich, hice mi primer viaje muy inquieta. Sin duda, era el anuncio de un conflicto:
¿cómo regresar a un contexto tan familiar desde un lugar diferente como investigadora (académica)?
¿Qué significaba eso y qué efectos tenía en las personas alrededor, en mi y en el proyecto?
Durante los primeros meses mantuve un vínculo activo de comunicación a distancia principalmente a través de Whatsapp con algunas de las personas en Colombia. Era la primera vez que usaba este medio como plataforma de investigación, y en algunos casos, única vía de comunicación. Formulado de otra manera, era la primera vez que este espacio trascendía y transgredía las conversaciones íntimas y personales, dando paso a la regularidad e intencionalidad que conlleva la investigación. Este canal nos permitió habilitar el espacio en el que surgieron vínculos de cercanía y confianza, consecuentemente con la propia investigación. En este sentido, considero este inter-espacio como un espacio situado en el que surgieron preguntas, emociones y todo aquello que compuso nuestros diálogos circunstanciales desde lugares disímiles. Un espacio alimentado de un repertorio de palabras y gestos para-textuales como emojis, notas de voz, llamadas, fotografías y videos que nos permitieron compartir nuestras narrativas cotidianas: mi vida como estudiante doctoral en Suiza, y los diferentes matices de las vidas de quienes me acompañan desde/en diferentes lugares de Colombia.
Preguntas incómodas
Durante el tercer año de mi doctorado leí un libro sobre el espacio vivido e imaginado en los lugares de violencia estatal en Tucumán, Argentina. En una de las primeras páginas, Pamela Colombo su autora, reflexiona sobre los encuentros y las entrevistas con las personas con quienes trabajó allí. Las palabras de Pamela Colombo y las de su interlocutora me confrontaron con la ambivalencia que hay entre lo dicho y lo escrito, y la distancia implícita. Sin duda, este fragmento me permitió reencontrarme con mis miedos y las dudas latentes cuando se aborda un fenómeno/tema que ya es en sí complejo emocionalmente, desde la perspectiva subjetiva de quienes han sido afectadas por él.

Hay una gran complejidad ética y emocional al hacer preguntas, al activar memorias y emociones en las conversaciones. No en vano, los momentos de reflexión, estancamiento, decisiones y cambios relacionados con lo que estaba haciendo, cómo lo estaba haciendo y los efectos que tenía en otras personas y en mi, coinciden con los momentos en los que fui confrontada en Colombia con preguntas como estas:
¿Qué puede hacer el arte por mí?
Como artista ¿qué puede hacer usted con lo que le estoy contando? ¿de qué forma va a usarlo?
¿Cómo nos vamos a ver beneficiados de eso?
¿Cómo sé que usted no es como las otras personas que vienen toman nuestras historias y se las llevan con sus proyectos?
¿Cómo podemos continuar este diálogo? ¿podemos hacer más cosas juntas?
Al mismo tiempo que leí a Pamela Colombo, una gran amiga antropóloga y una de las personas que más apoyo me ha dado en este proyecto —a pesar de nuestras distancias— Maria Fernanda Olarte, me recomendó el libro: The Vulnerable Observer. Un libro escrito por Ruth Behar, una antropóloga que realizó una investigación auto-etnográfica sobre la muerte en el pueblo natal de su mamá. En las primeras páginas escribió: Mi deuda con aquellos que me permitieron entrar en sus vidas, sabiendo que escribiría sobre ellos, nunca será completamente pagada. No puedo, nunca, hacerme lo suficientemente vulnerable (mi traducción, Behar Ruth, 1996, pXI)

Ambas perspectivas y reflexiones críticas resonaron intensamente con las experiencias de las personas con quienes trabajo, y con mi experiencia como mujer e investigadora. Pamela Colombo reconoce y honra la humildad de las palabras escritas y de lo narrado. Esta es su respuesta a las preguntas que le hicieron. Mientras tanto, Ruth Behar reconoce y nombra una imposibilidad: No es posible hacerse lo suficientemente vulnerable (Behar, 1996, pXI). Es lo que queda al atravesar el umbral de las experiencias ajenas. En ambos casos, como en el mío, se habilitan espacios de escucha y resonancia, que conllevan procesos de interpretación/traducción y amplificación de las palabras, las texturas y las memorias. A partir de mi experiencia interseccional y la de quienes me acompañan, he ido delimitando un marco de trabajo que considera y da relevancia a las condiciones de protección y cuidado tanto de mi misma como de elles. Una forma de corresponder a todas esas preguntas a partir de un ejercicio consciente y de reconocimiento de las dinámicas de poder implícitas en nuestros intercambios. En el ejercicio de escucha de quienes participamos; así como en el de resonancia y traducción, se da otro intercambio —me refiero a la interpretación, escritura y lectura—. También en la forma que quienes participamos en el proyecto, nos exponernos e involucrarmos. Quien se abre y habla de sus experiencias, así como quien escucha y escribe, se desplazan a un lugar en el que se comparten y se amplifican. Considero que solo a partir de un diálogo consciente, cuidadoso y crítico es que puedo habilitar una correspondencia con esas necesidades. Un diálogo que considere de forma interseccional a cada persona involucrada, y que reconozca las tensiones, jerarquías y los silencios latentes en este tipo de intercambios. Lo que intento plantear es una forma de encuentro fundada en el compromiso de hacerse vulnerable. Es decir, de exponerse a partir de la escucha, la validación de las experiencias de otras personas, y la aceptación de otros significados/sentidos sobre la vida, la muerte, el duelo, la búsqueda y la espera. A partir de una escucha atenta, consciente y responsable, es posible llegar a formular no sólo nuevas preguntas sino preguntas más incómodas y desafiantes. En este sentido, entiendo la investigación/creación como un diálogo crítico/colaborativo que busca cuestionarse y reinventarse a través de compromiso ético, emocional y político.
La deriva como método
Investigar sobre la violencia y sus efectos, investigar en contextos donde la violencia es vigente, e investigar colaborativamente en lugares y con personas afectadas por formas diversas de violencia (vigentes), son todos procesos muy diferentes. Investigar supone una intención y motivación, así como condiciones y filtros (disciplinas) desde donde aproximarse.
Pienso en la deriva como una forma de transitar y prácticar la investigación, y también como la forma de asumir y navegar los desvíos. En lo intuitivo de mi aproximación había ingenuidad y confusión, no porque careciera de un marco metodológico sino porque ante todo estaba excedida de emociones, medios y materiales: chats, fotografías, sonidos, y por el tiempo y la distancia que nos trascendían. Una forma de investigación que necesitaba repensarse a través de una serie de conflictos relacionados con la escala, la perspectiva y la intensidad:
¿Cómo me acerco?¿cómo me alejo?¿dónde me ubico?¿Cómo actúo?¿Cómo interpreto?¿Cómo gestiono y traduzco todo lo implícito en este proyecto?¿Qué hace que sea colaborativo? y si ocurre ¿cómo ocurre?
Para intentar responder estas preguntas se me ocurrió una idea viable y muy sencilla: debía compartir el proyecto con todas las personas que pudiera y si me era posible, debía hacerlo de manera diferente con cada una. A veces cambiaba el orden de los temas o intencionalmente omitía la palabra violencia o desaparición forzada. Otras veces me enfoqué en hablar de la relación de los ríos con el conflicto armado. Y luego decidí compartirlo desde la perspectiva de los vínculos, las personas vinculadas y lo que hacíamos en nuestros encuentros. Esta última intención, me permitió entender que en la coyuntura entre el acompañarnos, hacernos preguntas y hacer cosas juntas/os, estaba la clave del proyecto y cómo lo estábamos haciendo.
Estudié artes visuales y diseño, y me aproximo a este proyecto desde un abanico híbrido en el que convergen la investigación cualitativa, artística, feminista, decolonial y transdisciplinar. Para exponer mejor la forma en qué fueron convergiendo los hilos y herramientas metodológicas de este proyecto, me es necesario mencionar las diferentes preguntas, sugerencias y críticas constructivas que recibí y cómo me ayudaron en el proceso. Por ejemplo, cuando me refería al proyecto desde un enfoque en la forma de violencia por la que indagaba, me preguntaron: ¿eres historiadora o socióloga?¿con qué materiales trabajas?¿fuentes primarias o secundarias? Cuando me referí a quienes me acompañaban: ¿eres antropóloga? porque tu trabajo es muy etnográfico. Cuando mencioné cómo la práctica artística de otras personas era relevante para esta investigación, me preguntaban: ¿tu proyecto es de estudios culturales?¿A qué artistas analizas y cómo lo haces? Después de dar muchas vueltas a estas preguntas y al sentir que las respuestas me permitían encontrar lo que buscaba, decidí abordarlas de manera diferente y en lugar de respuestas, encontré otras preguntas más acertadas y concientes ¿Qué es lo que no tiene este proyecto?¿Qué es lo que no me interesa y/o lo que no estoy buscando?
Mi intención no es formular conclusiones relevantes/grandilocuentes sobre la desaparición de personas, el conflicto armado en Colombia, y la compleja situación de los ríos (en relación con lo anterior). Más que alimentar lo dicho sobre este fenómeno y estos temas—que es muy amplio y ya ha sido abordado desde varias disciplinas y por varies autores (Picault, Uribe, Suaréz, Dieguéz, etc), lo que realmente me interesa explorar es la manera en la que me aproximo y busco propiciar de manera colaborativa, situaciones y espacios de diálogo en contextos de alta vulnerabilidad emocional, social e histórica. Coincidentemente, esta investigación responde a una profunda motivación personal por explorar las diferentes formas de búsqueda, recuerdo, resistencia y encuentros especulativos de un grupo de personas que se han visto expuestas y afectadas por la desaparición forzada en Colombia: ¿Cómo buscan y esperan? ¿Cómo conviven en estos espacios?¿Cómo se relacionan con el agua y los ríos?¿Cómo recuerdan?¿cómo aparecen/intervienen los ríos en su vida y experiencias?¿Qué tipo de relaciones materiales y simbólicas surgen?¿qué formas alternativas de encuentro pueden emerger allí y a partir de qué gestos?
Abordo estas preguntas desde un enfoque feminista, decolonial, interseccional, y trandisciplinar dando relevancia a las diferentes condiciones, necesidades y relaciones que surgen el proceso de investigar. Feminista porque parto de una postura ética y política que reconoce el cuidado y el respeto condiciones centrales de la práctica de investigación/creación. Decolonial porque busco subvertir las prácticas hegemónicas de investigación a partir de la creación de métodos más conscientes, cuidadosos, comprometidos y colaborativos. Me interesa habilitar intercambios y situaciones epistemológicas colectivas a través de la vincularidad como forma alternativa de encuentro e investigación. Interseccional porque recibo y valido las experiencias situadas de quienes me acompañan desde diferentes enfoques (el de género, la condición de víctima del conflicto armado, el de grupo étnico, etc). Es transdisciplinar porque como espacio epistémico de exploración colectiva este proyecto considera distintas formas de pensar, disciplinas y aproximaciones, así como diferentes formatos que oscilan en el espectro de la práctica artística, el pensamiento de diseño, y las metodologías etnográficas. Me interesa crear metodologías situadas que permitan entablar diálogos colaborativos, cuidadosos y emocionalmente comprometidos en contextos complejos.
A través de la exploración de la desaparición forzada de personas como motivación inicial, logre avanzar y con el tiempo, dilucidar de qué realmente va este proyecto. No fue un camino líneal que me llevara del qué al cómo. Más bien ha sido del por qué al qué, del dónde al cómo, y de con quiénes al a hacer qué (cosas). En otras palabras, fue a partir de mi indagación sobre cómo algunas personas y comunidades habitan la experiencia de desaparición forzada y de otras violencias visibles en el espacio, que se fue vislumbrando la esencia de este proyecto: el quehacer creativo como resistencia colectiva y forma de ética de hacer preguntas e investigar. Al abordar temas y fenómenos densos y cargados de repercusiones emocionales y significados, investigar requiere de un nuevo marco de aproximación, nuevas preguntas, compromisos y por supuesto, riesgos. Es decir, hacerse vulnerables, prácticar la solidaridad epistémica a partir de lenguajes compartidos, y la apertura a otras formas de investigar que vienen desde el conocimiento local, experiencial y empírico).
Entiendo la práctica artística como una herramienta/forma de creación de situaciones de diálogo e intercambio en las que elaboramos preguntas de manera colectiva. Con esta apuesta, me interesa entablar diálogos a través de lenguajes comunes, gestos cotidianos y materiales diversos que nos permitan aproximarnos por medio de situaciones no solo cotidianas sino menos opresivas y dispares como caminar, cocinar, hablar (por teléfono), dibujar, recolectar objetos, amasar barro, bordar y leer en voz alta.

