César Falcón y su identidad hispánica a través de Amauta, su correspondencia con José Carlos Mariátegui y su perfil autobiográfico en El mundo que agoniza 

Bony Flückiger Rodríguez

Universität Basel

Abstract: The Peruvian writer César Falcón (1892-1970), despite being over­shadowed by his friend and influential José Carlos Mariátegui, played a significant role in the intellectual life of Peru in the 1920s. Falcón’s experiences in Europe, including his time as a correspondent in London and his editorial and literary contributions during the Spanish Civil War, shaped his socialist ideals. His identification with a «Hispanic» identity, amidst debates on nationalism and indigenism, stands out as a unique perspective. Through his articles in the magazine Amauta, correspondence with Mariátegui, and his book El mundo que agoniza (1945), Falcón’s complex relationship with his Hispanic heritage and his leftist convictions are explored, shedding light on the nu­anced views he held towards Spanish culture and its influence on Latin America.
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Keywords: César Falcón; Identity; Hispanism; Amauta; José Carlos Mariátegui

1 A modo de introducción

César Falcón (1892-1970) es un escritor peruano poco conocido, tal vez oscurecido por su exilio y por la omnipresencia de su amigo, el intelectual José Carlos Mariátegui, conocido por su enorme influencia sobre el pensamiento político en el Perú del siglo XX.

Falcón fue amigo y compañero de Mariátegui, muy activo también en la vida intelectual peruana en los años veinte. Luego de exiliarse en España, Falcón viajó por Europa, vivió cinco años en Londres como corresponsal para el diario madrileño El Sol, entró en contacto con periodistas, escritores y artistas españoles, vivió y reportó la Guerra Civil española, por último, no se apartó de los ideales socialistas.

En los años cruciales del replanteamiento del futuro y de la identidad de la República de Perú, en los que las corrientes indigenistas llamaron la atención sobre la mayoría mestiza e indígena, muy marginada entonces, Falcón también participó en los debates sobre la nación, pero con grandes reservas hacia el indigenismo cultural y con una decidida postura «hispánica».

Dado que, en el contexto latinoamericano, el hispanismo viene tradicionalmente asociado con las posturas conservadoras de la elite criolla, y Falcón se sitúa decididamente a la izquierda, merece la pena analizar esa identidad «hispánica» asumida por el escritor peruano. ¿Refleja una actitud heredada de la colonia, o habrá que definir el hispanismo de aquellos años con una mayor matización?

Para analizar la compleja cuestión de identidad en el contexto nacional peruano y en el internacional que tanta influencia ejerció sobre Falcón, exa­mino sus artículos en la revista Amauta, su correspondencia con Mariátegui y su libro El mundo que agoniza (1945), su perfil autobiográfico.

2 Falcón en Amauta

En Perú surge el intento de armonizar la vanguardia estética con la política. Sin duda, el siglo XX fue de muchos cambios sociales y políticos y la revista Amauta (1926-1930) constituye un documento de época perfecto que retrata ese instante de cambio que experimentaban las sociedades latinoamericanas ante la llegada de la modernidad. La vanguardia llega recién entre los años 1916 y 1930; Mariátegui en esa su revista consiguió vincular la preocupación indigenista con la ideología marxista, manteniendo, a su vez, receptividad ante los movimientos estéticos de aquella vanguardia nacional e internacional. A Falcón lo podemos encontrar en algunos números de la revista: Así en la N°1 bajo el título «Marañón, Asúa y la monarquía» (1926: 30-31), escribe sobre los problemas de la España del momento. Dentro de la misma temática de problemas internacionales, aborda en los números 5 y 6 el tema del conflicto minero entre la Federación de trabajadores mineros de Inglaterra y los patrones (1927a: 3-4 y 1927b: 27-28), y en la revista N°7: El orgullo inglés que se refiere al conflicto anglo-chino (1927c: 35-36). Para los lectores de Amauta, debió, seguramente, ser de interés recibir noticias desde el mirador europeo y así lo menciona el propio director de la revista, Mariátegui; haciendo referencia a las recensiones 5 y 6.

No necesito casi declarar mi desacuerdo con la tesis que saca César Falcón de este balance del conflicto minero. Pero debo, de toda suerte, contestar enseguida sus proposiciones. Por muchos títulos, el pensamiento de Falcón tiene tribuna propia en esta revista. No recordaré el que nace de nuestra antigua y fraterna amistad. Falcón y yo somos, casi desde las primeras jornadas de nuestra experiencia periodística, combatientes de la misma batalla histórica. Además, su sinceridad absoluta, su fina y sagaz inteligencia, y, sobre todo su autonomía de todo interés de clan o de casta, le dan derecho a ser oído por los hombres de espíritu renovador, hasta cuando el criticismo, que lo caracteriza un poco como intelectual, lo conduce a las más bizarras y audaces especulaciones teoréticas (1927: 29).

Retomando esa «identidad hispánica», a la cual hago alusión, Falcón marca su postura censurando la monarquía española y los acontecimientos políticos del momento. En su reseña Marañón, Asúa y la monarquía enviada desde Londres, hace un balance de los acontecimientos funestos de Annual, donde España sufrió una derrota militar en la guerra del Rif en 1921, y del golpe militar del general Primo de Rivera en 1923. Ante esa dictadura, surgen intelectuales como Miguel de Unamuno, Luis Jiménez de Asúa o Gregorio Marañón que sufren cárcel y/o el destierro. Y en su comentario Falcón asume una clara postura, ya desde las primeras líneas:

Ahora nos urge a los hombres sensibles de la hispanidad centrar nuestra emoción y nuestros esfuerzos contra la monarquía española. Mientras se trató de una lucha por el usufructo del favor real entre las camarillas civiles y militares de la monarquía, aunque muy heridos por el ataque a Unamuno, nadie de nosotros podía participar en ella y nuestros trabajos seguían su empeño formativo de la nueva conciencia hispánica (Falcón 1926: 30).

Falcón, peruano, afirma pues su pertenencia al ámbito –¿solo cultural?– hispano, hace suyos los problemas que aquejan a España y luchará más adelante en el bando republicano durante la Guerra Civil. Se considera un hombre sensible de la hispanidad, al tiempo que se considera uno de esos «hombres nuevos, incontaminados con el ajetreo político del régimen y estremecidos por el futuro» de lo que él llama «nuestra gran nacionalidad». Además, se solidariza con el destierro de Unamuno y de Jiménez Asúa y, considera la prisión de Marañón como un «ataque a la conciencia más pura de España». Abiertamente, considera a la monarquía y a la dictadura de Primo de Rivera una pandilla, a quienes les interesaban poco los pueblos hispánicos. Así lo podemos leer en la siguiente cita:

Todos los hombres sensibles de España, los intelectuales viven con la mitad del alma en los pueblos hispánicos de América. La monarquía, por el contrario, desprecia y ha despreciado siempre a los pueblos hispanoamericanos. Porque la monarquía no puede sentir, ni ha sentido nunca, la emoción de nuestra raza. La monarquía es extranjera. Francesa o austriaca (Falcón 1926: 30).

La identificación de Falcón con la civilización española, pero no con su monarquía, es una necesidad que se hace presente, incluso menciona que «España es la esencia de nuestra nacionalidad, su motor y su núcleo». En su discurso destaca el constante uso del posesivo nuestro, nuestra, relativo a lo hispánico. Efectivamente se siente parte de «los pueblos hispánicos de América» y reconoce a los españoles «netos» que «dieron a las tierras americanas su sangre y su vida» (Falcón 1926: 31). Falcón es un republicano. Él está de acuerdo con la república española y rechaza la forma política de la España monárquica.

3 Falcón y su correspondencia con Mariátegui

La amistad entre ambos intelectuales peruanos queda demostrada por la correspondencia que existía entre ellos. En el archivo de Mariátegui se encuen­tran dichas misivas. Son diez cartas, quizá hubo más, firmadas por Falcón y dirigidas a su amigo durante los años 1926 y 1929. Si bien es cierto que Mariátegui fijó su residencia en Italia, mientras Falcón prefería vivir en España, hubo entre ellos mucha complicidad para entablar nuevos proyectos y siempre mantuvieron comunicación al respecto. En 1923 Mariátegui regresa a Perú y Falcón es nombrado corresponsal de El Sol (de Madrid) en Londres. La carta del 28 de julio de 1926 es la más extensa de las diez y en la que seguramente se lee la amistad y el grado de confianza que se tenían: en ella se lee una clara respuesta de Falcón a la invitación para exponer sus puntos de vista sobre la política peruana y sobre la doctrina del grupo, par­tido o generación a la que ellos pertenecían. Para Falcón, el Perú siempre estuvo presente en sus proyectos y, a pesar de que se sentía cómodo y acogido en España, no dejó de enviar algún artículo para alguna revista o periódico. En esta misiva reconoce lo fraccionario del continente americano y atribuye la responsabilidad a una política imperial que hace vulnerables a los países a un determinado tipo de conquista; así, Argentina es una “colonia inglesa” debido a la ola de inmigración británica por la construcción del ferrocarril en dicho país. Considera importante restablecer la unidad nacional, esa unidad, o en palabras de este, «nacionalidad» hispánica, de los países del continente suramericano. Escribe a Mariátegui: «yo entiendo y veo nuestra nacionalidad hispánica y no veo, ni hay desde mi punto de vista, otra. Porque yo le llamo nacionalidad a un tipo característico de cultura, de formación espiritual. En nuestros países no habrá nunca, una norma formativa de hombres, –una norma de civilización– distinta de la hispánica».

Recordemos que ya hacía un siglo que los países latinoamericanos obtuvieron su independencia y que a principios del siglo veinte se reafirmó la necesidad de crear la propia identidad como deseo por diferenciarse del «otro» europeo, el cual fue visto, además, como enemigo. En este escrito Falcón se plantea reconstruir la nacionalidad, ya no políticamente sino espiritualmente muy en la línea arielista de Rodó. Al mismo tiempo, hace referencia a la antigua Hispania y es muy crítico al hablar de incaísmo o indianismo que para él no es otra cultura ni otra cosa, «sino la barbarie clara y definida». E incluso hace una acotación histórica: «Entre el instinto de Atahualpa, adorador del sol, y los Evangelios del fraile Valverde, no hubo dos filosofías, dos concepciones distintas de la vida, sino, sencillamente, treinta siglos de civilización». Mientras tanto en el Perú del siglo diecinueve y veinte, el tema indigenista estaba sobre el tapete y observado desde el mundo literario, político y social. A la muerte de Pedro Zulen de la Asociación-Pro Indígena (1909-1917), fue su compañera de ideales Dora Mayer de Zulen quien siguió con su trabajo y escribió un artículo en el primer número de Amauta sobre la historia de la Asociación. Así que, por un lado, en el Perú el tema cobraba más impor­tancia y por el otro en Europa Falcón sostenía que los «indios» (indígenas) actuales eran una minoría y que era una raza asimilada a la civilización hispánica. Es así, como a mi parecer, se da un punto de quiebre en los ideales de la dupla Mariátegui-Falcón, reflejado en su correspondencia posterior. En carta de octubre de 1926 Falcón es crítico con el artículo y pensamiento indigenista de Valcárcel escrito en Amauta (1926: 4-6), quien había realzado el espíritu andino sosteniendo que todo ese patrimonio fue desvalorizado por la presunción de superioridad de las civilizaciones europeizantes. Sin embargo, para Falcón la cuestión indígena constituye también un profundo y doloroso problema nacional, pero no en términos culturales. En dicha carta, cito: «Uno de los problemas más arduos del país. Un problema de educación, de economía, de muchas cosas». Esa misma postura se ve reflejada en dos textos a los que Falcón denominó novelas que escribió con protagonistas indígenas: Los buenos hijos de Dios (1921) y El pueblo sin Dios (1928). No figura más correspondencia después de mayo de 1929 entre los amigos, aunque puede que sí la hubiera. Lo cierto es que Mariátegui estaba preparando un viaje a Buenos Aires para atender su enfermedad. Lamentablemente, este cae enfermo en marzo y muere el 16 de abril de 1930. En ese mismo año, en España la Falange ataca la editorial de Nosotros y poco después Falcón es apresado y, expulsado: en noviembre permanece en Hendaya.

El mundo que agoniza (1945)

Marcada por largos exilios, es en el último en México, en donde Falcón escribe el texto autobiográfico El mundo que agoniza (1945). Este libro inicia la colección Nuestra Época de las ediciones Anteo, que tenía por finalidad analizar los problemas de esa época. La obra está compuesta por catorce capítulos, en donde solo el primero «viaje hacia la libertad», trata del Perú, pues aborda su salida; los siguientes capítulos, como, por ejemplo: «Preludio italiano», «Desde el mirador británico», «República en España y temblores de carnes en Europa», «1935», «Europa dentro de una órbita distinta», entre otros transmite o reproduce los momentos que vivió en Europa y de los cuales reflexionó. En ellos se trasluce esa identidad hispánica asimilada por nuestro escritor.

En el primer capítulo, reflexiona sobre la «libertad», lo que para él significa y cómo su concepción fue variando a través de sus experiencias y del tiempo. Hay dos pasajes donde cita a personajes importantes de literatura española, lo que muestra su reconocimiento por ella.

¿Quiere esto decir que las verdades ilusorias le interesan a mucha más gente? No. ¿Qué son, en realidad, los molinos de la Mancha, molinos o gigantes? Desde luego, para Sancho, son molinos; para don Quijote, en cambio, son gigantes. Dos realidades igualmente ciertas. Pero la verdad tangible del pan le interesa y la acepta un número de hombres inmensamente mayor que la ilusoria de los gigantes, realidades mucho más importantes para cuantos –tal vez muy poco, pero, en fin, algunos– el esfuerzo más valioso del hombre consiste en afrontar la pelea contra las potencias establecidas, en defensa y para la mejor suerte de los desvalidos. (…) ¿Qué es la verdad? “Nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. Desde Calderón de la Barca lo dice nuestra gente con la misma certeza con que sabe, desde Leonardo de Argensola, que “ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul” (Falcón 1945: 12-13).

Han pasado ya alrededor de diecinueve años, desde sus publicaciones en Amauta o en la correspondencia con Mariátegui, y en El mundo que agoniza (1945) se sigue leyendo a un Falcón que se identifica, asimila y valora la tradición hispánica. En la siguiente cita se vuelve a acentuar el «nosotros», el «nosotros españoles».

Nadie conoce tan profundamente el interminable alcance de esta lucha como nosotros, los de raza española, porque nosotros somos quienes hemos creado el fabuloso concepto de libertad. Liberal es una palabra española adop­tada por los demás idiomas, aunque en ninguno tiene el mismo sentido ni significa lo mismo, y nadie más que nosotros entendemos su ilimitada amplitud (Falcón 1945: 15).

En opinión de Falcón, España es un país donde la literatura tiene una gran influencia, y ha sido siempre considerada como un arma de combate. Debo presumir que se refiere a los años 20 y 30 de su siglo. Además, recuerda el Café Regina de la Calle de Alcalá, en donde «todas las tardes, durante diez años, nos hemos reunido un grupo de escritores e intelectuales del que salie­ron las figuras más notables de la República española, Manuel Azaña y Juan Negrín entre otras».

Ese vínculo profundo también quedaría plasmado en la traducción al español de la última novela del británico Gilbert K. Chesterton, El regreso de don Quijote (1926), realizada durante la estadía londinense de Falcón.

Retomando la pregunta, si la identidad hispánica asumida por el escritor refleja una actitud heredada de la colonia, o habría que definir el hispanismo de aquellos años con una mayor matización, la respuesta es que, en el caso de Falcón, la identidad hispánica cobra mayores matices. El término «hispanidad» cobró popularidad durante el siglo XX. En 1900 se celebró en Madrid, el Congreso Hispanoamericano, con la finalidad de estrechar lazos de hermandad entre España y los países americanos; y en donde el escritor mexicano Justo Sierra rescató que «el lenguaje era el factor máximo de unión».  El filósofo español Miguel de Unamuno se refiere también a las características culturales y lingüistas que comparten los pueblos hispánicos. Durante media­dos del siglo XIX y el siglo XX, muchos intelectuales y políticos deseaban ver a un América Latina unida. En ese grupo encontramos sin duda a Falcón, quien no quería romper el vínculo con España, que reconocía los méritos, pero también los errores de España en América y que por otro lado valoraba las costumbres, la historia y la lengua adquirida de España. Tener una identidad hispánica, pasa de ser un término acuñado para los grupos políticos de derecha para extenderse por toda la visión ideológica, vale decir, de derecha a izquierda.

La actitud de Falcón no era excepcional. A pesar de que la independencia estaba firmemente arraigada en las antiguas colonias americanas, hubo durante largo tiempo una actitud ambigua hacia España, a la que la élite social y política americana –la criolla– todavía se sentía ligada. Estas naciones jóvenes percibían los conflictos generados por la quiebra del sueño bolivariano de una sola América y sentían la presión neocolonial de Inglaterra y Estados Unidos. Defender el hispanismo era, por una parte, defender una cultura «idealista» (pensemos en Ariel de José Enrique Rodó) de un creciente dominio capitalista y expansionista. De ahí ese lado nostálgico «quijotesco» de lo hispánico, al igual que lo formulaba Unamuno por aquellos años.  Por otra parte, hubo proyectos nacionales que empezaron a construir una identidad enfrentada con lo hispánico, como en Perú, con un indigenismo que delineaba una actitud anticolonial, consciente de la profunda desigualdad étnica-social heredada. En ese sentido, Falcón se distinguió de este grupo de intelectuales hegemónicos, pero retomó al combate del socialismo por las mejores condiciones materiales de todos los sectores sociales, incluyendo los indígenas. El hecho de que Falcón no le diese preminencia al indigenismo no significaba que no se comprometiese con los sectores explotados como se verifica en su lucha política por el socialismo años después en España.

Referencias

Chesterton, Gilbert G.K. (1926). El regreso de don Quijote, Traducción de César Falcón. Madrid, Ediciones Cosmópolis.

Falcón, César (1926). «Marañón, Asúa y la monarquía», Amauta (1), 30-31 <http://hemeroteca.mariategui.org/index.php/Detail/objects/2> [03.04.2025].

Falcón, César (1926, julio 28). Carta de César Falcón, 28/7/1926 <https://archivo.mariategui.org/index.php/carta-de-cesar-falcon-28-7-1926> [03.04.2025].

Falcón, César (1926, octubre 27). Carta de César Falcón, 27/10/1926 <https://archivo.mariategui.org/index.php/carta-de-cesar-falcon-27-10-1926> [03.04.2025].

Falcón, César (1927a). «El conflicto minero», Amauta (5), 3-4 <http://hemeroteca.mariategui.org/index.php/Detail/objects/7> [03.04.2025].

Falcón, César (1927b). «El conflicto minero», Amauta (6), 27-28 <http://hemeroteca.mariategui.org/index.php/Detail/objects/8> [03.04.2025].

Falcón, César (1927c). «El orgullo inglés», Amauta (7), 35-36 <http://hemeroteca.mariategui.org/index.php/Detail/objects/9> [03.04.2025].

Falcón, César (1945). El mundo que agoniza, México, Ediciones Anteo.

Valcárcel, Luis E. (1926). «Tempestad en los Andes», Amauta (1), 4-6 <http://hemeroteca.mariategui.org/index.php/Detail/objects/7> [03.04.2025].

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